pececillo

Cuando nos adentramos en el terreno de la evolución de las especies, puede entrarnos un gran vértigo al pensar cómo esa mezcla de azar y necesidad ha hecho que se den las condiciones necesarias para que una especie sobreviva. Una complicada secuencia que se resume perfectamente en la frase “estar en el sitio adecuado en el momento oportuno”. Una autentica lotería.

Desde esa perspectiva —y de ahí lo del vértigo— pretender resultar agraciado varias veces en el sorteo parece una utopía. Por eso, la tendencia natural es pensar que las características que nos definen como especies son fruto de un único suceso. Por ello nos pasamos la vida buscando esas raíces, ese nexo común. Resulta complicado pensar que, fruto del azar, se diera una misma combinación en seis o siete momentos diferentes, cuyo resultado fuera el mismo camino evolutivo.

A lo mejor se me han perdido ya, pero no desesperen que enseguida lo entenderán. Un grupo de científicos norteamericanos han realizado un importante hallazgo: han secuenciado los genes de las anguilas. Concretamente, el grupo de ellos que les confiere la naturaleza de producir energía. Esta parte de su genoma es la responsable de convertir un músculo en un órgano capaz de generar un campo eléctrico tan potente que le sirve para los más variado cometidos: comunicarse, navegar o para espantar a sus enemigos con sus descargas.

Y lo curioso es que han comprobado que esta evolución ha resultado en paralelo en todas las especies de peces eléctricos que se conocen y que, paradójicamente, nunca han tenido caminos paralelos. Es decir, se ha producido el mismo fenómeno evolutivo de manera independiente y sin que exista una interrelación entre ellas.

Podemos decir que la lotería tocó seis veces en el mundo marino y que, sorprendentemente, seis linajes diferentes de peces lograron desarrollar un mismo tipo de músculo que produce electricidad. Los investigadores definen este fenómeno de evolución convergente como que “los peces eléctricos utilizan la misma caja de herramientas genética para construir sus órganos eléctricos”.

Los caminos de la evolución resultan curiosos y también parece que se ajustan al viejo aforismo de que todos acaban conduciendo a Roma.

Eduardo Costas

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