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La realidad nos obliga a mirar detrás del espejo. Toda acción conlleva una reacción y enmendarle la plana a la Naturaleza o a la genética no siempre resulta gratis. No se me asusten, que aunque este comienzo pueda parecer algo apocalíptico, simplemente se trata de orientarnos para tomar las decisiones más adecuadas o, al menos, las menos perjudiciales.

Entremos en materia. Una de cada tres mujeres y casi un 10% de los varones mayores de 40 años no está conforme con su pelo. El paso de los años —las canas— o la estética o moda del momento hace que apliquemos productos —químicos la mayoría de los casos— a nuestra cabellera para que recupere su tono natural o para cambiarlo de color.

Quizá por ello —sin entrar en otro tipo de consideraciones de carácter comercial— varios grupos de investigación estudian la posible relación entre tintes capilares y el desarrollo de algún tipo de cáncer. 

Aunque no se puede afirmar todavía que exista una causa efecto, existe una serie de sustancias —utilizadas en algún tinte— como la fenilendiamina, el 4-amino-2-nitrofenol y el alquitrán mineral que resultan tóxicas para nuestra piel y que en la mayoría de Occidente están prohibidas.

Y esto representa un problema no solo para los usuarios —los consumidores— sino también para los profesionales del ramo —los peluqueros— ya que se exponen al contacto con este tipo de sustancias tóxicas y, por lo tanto, su trabajo se configura como un factor de riesgo, tal y como ha quedado de manifiesto en varios estudios.

Pero volvamos al cáncer. El desarrollo de esta enfermedad obedece, como casi todas, a diferentes factores, y la genética también juega un papel clave. Es decir, que con todas las prevenciones posibles, siempre estaremos hablando de factores de riesgo o de mayores posibilidades de enfermar y no de una relación directa entre tinte y enfermedad. Hechas estas salvedades, un estudio publicado en Journal of Cancer pone el acento en que determinados tipos de tintes, los denominados permanentes, suponen incrementar el factor de riesgo de padecer cáncer de vejiga. Las pruebas realizadas en ratones así lo atestiguan y, en consecuencia, podemos decir que estamos ante sustancias que pueden ser calificadas como precursores cancerígenos.

Y ahora que les hemos metido el miedo en el cuerpo… ¿qué hacer? Pues tan solo leer con atención las etiquetas de los productos que compren, huir de los tintes permanentes y mirarse en otro espejo, en este caso en el de la Historia. Desde que el ser humano pisa la Tierra hemos modificado el color de nuestro cabello, pero lo hicimos acudiendo a productos naturales. Unos productos que siguen estando ahí a nuestro alcance, como los tintes vegetales.

Como todo en nuestra azarosa existencia, se trata de pensar y luego actuar; que afortunadamente, nadie nos obliga a que nos guste el color de pelo que nos ha tocado en suerte.

Camino García Balboa, doctora en Química

 

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