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Existe un tipo de personas que nunca se aburren cuando están solos. Siempre encuentran algo que hacer o algo en lo que entretenerse. Ahora bien, seguro que la cosa cambia si la alternativa que se les propone es quedarse solos en un cuarto a pensar. Esa actividad solo resulta apta para los yoguis.

Porque no hay nada que más incomode a la mayoría de los humanos que quedarnos aislados del mundo a la fuerza más de un cuarto de hora con la sola compañía de  nuestros pensamientos. Ya sabe, nada asusta más que un encuentro cara a cara con nuestra mente. Y no se trata de una frase hecha, sino de los resultados de un experimento científico publicado en Science.

Los participantes en el experimento no solo se sintieron incómodos, sino que aseguraron que fueron incapaces de concentrarse. Tan molestos se encontraban con esa reclusión a su pesar que siete de cada diez hombres hubieran cambiado el aislamiento a cambio de recibir una descarga eléctrica. En cambio, la opción del calambrazo por libertad solo fue elegida por una de cada cuatro mujeres. Lo que viene a decir que ellas aguantan mucho mejor la soledad, cuando es obligada, que los hombres. O si lo prefieren, que la tortura del aislamiento total es más efectiva con varones que con féminas.

Esta necesidad de estar en continua interacción con el entorno o ese ser social que mostramos los humanos, según los investigadores, es una de las conclusiones más relevantes del estudio. Y que esa capacidad de abstraernos, que es una de las capacidades que permite nuestro desarrollo cerebral, resulta positiva cuando surge de manera espontánea, pero se convierte en un suplicio cuando es impuesta. En cualquier caso, los periodos de reclusión voluntaria que elegimos siempre o casi siempre son cortos en el tiempo.

Quizá eso explica el porqué cuando estamos ociosos mostramos una tendencia natural a organizar esas actividades lúdicas en compañía. Ya sea de otros seres humanos o bien de otro tipo de útiles, como puede ser escuchar música, ver la televisión, leer o jugar con el smartphone o el ordenador.

Curiosamente, los autores del trabajo resaltan que los avances tecnológicos —los informáticos o las telecomunicaciones— no han acentuado esa fobia a pensar, sino que más bien son una respuesta natural para no enfrentarnos a nosotros mismos cuando no queremos hacerlo. La escusa perfecta para no tener que pensar a la fuerza.

De hecho, según se cuenta en el trabajo, otros expertos han realizado varias encuestas que revelan que los estadounidenses pasan la gran parte de su tiempo libre viendo la televisión, socializando o leyendo en lugar de relajarse y pensar.

Jesús Pintor, catedrático de Bioquímica y miembro de la RANF

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