IGM

La guerra es cosa de hombres, señoras, y como no podía ser de otro modo, la Gran Guerra también. Con ese sobrenombre se conoce a la Primera Guerra Mundial. Un ejemplo de barbarie que dejó una estela de más de diez millones de muertos y un protagonista silencioso y aun hoy silenciado: la mujer.

Aunque en Hijas de Hipatia narramos historias en primera persona, aprovecho los eventos conmemorativos del inicio de la contienda para, como es de justicia, trazar un subrayado sobre ellas, su papel y lo que este supuso en clave de futuro para todas nosotras.

Para ello, situémonos en el contexto: principios del siglo XX y tímidos avances de las sufragistas por equiparse en derechos con los hombres. Pero la realidad era que el papel de las mujeres seguía limitado al de madre y  al ámbito del hogar.

Los campos de batalla movilizaron a cerca de 65 millones de soldados, pero había que mantener la producción y eso supuso una revolución radical: las amas de casa pasaron a ser obreras asalariadas. Además, en la retaguardia, las enfermeras contribuyeron decisivamente al cuidado  y rehabilitación de millones de heridos, labor aun no suficientemente valorada, seguramente por pertenecer a una profesión todavía principalmente femenina. Eso sin contar los batallones de mujeres que formaron parte de los servicios auxiliares o incluso de su incorporación a filas como soldados (en Rusia se formó una unidad de combate, El Batallón de la Muerte de Mujeres. 2.000 voluntarias al mando de Maria Leontievna Bochkareva, ‘Yashka’).

Y así, sin pretenderlo, se abrió una gran brecha en la estructura social del momento y se dibujó una sociedad mixta de hombres y mujeres compartiendo responsabilidades en la escala productiva. En definitiva, se puso fin al estereotipo de que las mujeres no pueden figurar como iguales a los hombres en el campo de batalla.

Con el armisticio ya nada fue igual. Ellos tuvieron que reconocer sus servicios y ellas no se resignaron a volver a encerrarse en el hogar. No obstante, el camino por la igualdad que se inició fue largo y lleno de vicisitudes. Nuestros derechos no se empezaron a reconocer en la ONU hasta casi 1950 y lejos estamos todavía de llegar a una igualdad real.

Pero poco se hubiera avanzado sin la frenética actividad de esas miles de mujeres anónimas que también estuvieron arrimando el hombro para”mantener el fuego ardiendo” de la actividad productiva de sus países, en una improductiva guerra lanzada por los hombres.

A ellas, como enfermera y como mujer, mi más sentido reconocimiento.

Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

 

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