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La imagen de un inventor, normalmente, se asocia a una persona entregada a su trabajo —a su laboratorio—, un pelín loca —lógico, porque para fijarse en temas que para el resto pasan desapercibidos hace falta tener el punto de mira un poco alterado—, hiperactiva, autodidacta y poco preocupada por otros asuntos que no sean los de descubrir o inventar algo; o sea, nada interesado en el amor o en la economía.

Estos ingredientes de un soñador le hacen el candidato perfecto para que su paso a la posteridad sea precedido de un tiempo de ostracismo —ridiculización incluso—, de penurias económicas y de reconocimiento póstumo. Aunque siempre encontraremos excepciones en los libros de historia, como el de Thomas Alba Edison.

En el otro extremo estaría Nikola Tesla, a pesar de haber sido quien permitió a los humanos instalarse en el siglo XX, la centuria del gran avance tecnológico. Si pronunciamos su nombre en voz alta, pocos serán quienes le pongan algún mérito. 

Croata, cuando Croacia formaba parte del Imperio Austrohúngaro, hijo de un pastor y de una talentosa mujer que se dedicaba a hacer pequeños inventos que hicieran la vida del ama de casa más llevadera —como el batidor de huevos mecánico—,  es el padre de la radio, las bobinas de corriente alterna, las bujías, el control remoto o el motor de inducción eléctrico.

Apasionado de las matemáticas, la física y la electricidad, este visionario se vio obligado a emigrar a Estados Unidos a los 28 años, tras cursar una ingeniería y pasear su figura por una vieja Europa a la que faltaba la vitalidad que precisaba su genio inventor.

Y se puso a trabajar para Edison y su General Electric, entonces ocupada y preocupada por el desarrollo e implantación de la corriente continua. Personal a sueldo, desarrolló varias patentes —que se quedó Edison, por supuesto— al tiempo que seguía investigando sobre corriente alterna. Aun así, cuando intentó hacer cumplir su contrato, el pago de 50.000 dólares por sus inventos, se topó con un NO rotundo (“bussines is bussines”).

Dimitió y se marchó. Tiempos duros que cambiaron cuando consiguió fondos de la Western Union Company para desarrollar un método para transportar la corriente alterna a grandes distancias —método que aun se utiliza— y que se sustanciaron en las bobinas o el motor eléctrico entre otros inventos. Unas patentes que cuando fueron compradas por Westinghouse se transformaron en una corriente de ingresos continua,l lo que le permitió encerrarse en el laboratorio.

Los ingresos duraron poco, no obstante, porque renunció a cobrar los royalties en un gesto absurdo con la compañía: no podía asumir el pago de los mismos tras un contrato para construir un macrogenerador en las cataratas del Niágara y Telsa rompió el contrato sin ninguna compensación.

Pero eso no le privó de inventar. Como la lámpara fluorescente de neón, la primera foto en rayos X o conseguir iluminar un tubo de vacío sin cables o el desarrollo de 17 patentes que usó indebidamente Marconi para inventar la radio. Precisamente, el italiano consiguió un Nobel que realmente, tal y como la justicia sentenció mucho más tarde, le hubiera correspondido al croata.

Su inventiva le adentró en mundos como la robótica, la balística, la mecánica, las computadoras o la física. Pero su gran obsesión y sueño era transmitir energían de forma aérea y sin utilizar cables. Algo que no pudo probar porque se quedó sin fondos.

Murió pobre y privado de sus grandes inventos en la habitación de un hotel en Nueva York en 1943. Tenía 87 años.

Enrique Leite

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