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Lo de hacer ejercicio es un suplicio. Sobre todo para aquellos a quienes la jornada laboral les ocupa más tiempo del necesario. Y si combinamos esa necesidad o placer —que hay gente pa’ to’— con la obligación de mantener a raya las calorías, más que obligación se convierte en tortura.

Aun así, si ha tomado en firme la decisión de ponerse a tono, lo primero que tiene que tener en cuenta es el motivo que le ha llevado a tan loable empeño. Aquí van unos consejos para navegantes.

Cuando uno siente que la lorza crece en desproporción geométrica, lo mejor que debe hacer es robarle horas al sueño y planificar sus entrenamientos a la mañana. La explicación es sencilla. A esta hora del día nuestro metabolismo funciona al ralentí y poniendo a tope la maquinaria muscular los activaremos para el resto de la jornada. O sea, quemaremos más calorías…. Y si gastamos más de lo que ingresamos, el resultado es la pérdida de peso.

Ahora bien, lo único que ha de tener en cuenta es que precisaremos un calentamiento algo más exhaustivo, porque a esa hora estamos más expuestos a sufrir lesiones, ya que nuestro físico está peor acondicionado para el ejercicio.

Y eso tiene que ver con el ritmo circadiano, nuestro reloj corporal que controla el funcionamiento de nuestro organismo, y con la temperatura. Según avanza el día, es decir, por la tarde, nuestros músculos cuentan con uno o dos grados más de temperatura y eso minimiza las posibilidades de lesiones.

Lo del ritmo circadiano también tiene influencia para los nocturnos, y aunque no está del todo probado, una mayoría de los que practican ejercicios antes de dormir encuentran dificultades para conciliar el sueño.

Así  pues, tomada la determinación, elija —si le es posible— qué tipo de horario le conviene en función de sus necesidades, ya sean por el placer de estar en forma o por la necesidad de adelgazar.

Y a modo de corolario piense, una vez más, que fuimos diseñados para estar en acción y que el sedentarismo solo nos conduce a problemas de salud.

Enrique Leite

 

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