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Los niños de ahora, la verdad es que dan asco de lo listos que son. Te llegan a sacar de quicio con su grado de conocimiento, posiblemente fruto de su cultura digital. El caso es que cuando me topo con un grupo de canijos cuando paseo por el parque con mi Kalúa y se acercan para jugar con ella —o para incordiarla, porque sus aviesas intenciones siempre resultan un misterio indescifrable— siempre destaca del grupo algún inocentón que pregunta por su raza y otro, no tanto, que se apresta a vomitar una retahíla de posibles tipos en los que clasificarla. Pastor alemán y belga se llevan la palma.

¡Y me da una rabiaaaa! Porque a su edad, mis amigas y yo, las que no teníamos miedo o mania a los peludos, a lo más que llegábamos era a identificar a unas pocas especies y, en el mejor de los casos esperábamos a que soltara un bostezo para ejercitar una suerte de malabarismos y mirarles el paladar.  El paladar es el protagonista de este post. Seguro que muchos de ustedes han escuchado o leído que si el canido lo tiene negro estamos ante un perro con pedigrí mientras que si en su interior la boca muestra otras tonalidades se trata de un mestizo. Vamos, un chucho.

Una leyenda urbana sin fundamento que nos hace más brutos si cabe. Porque no existe ningún truco que nos ayude a diferenciar un ‘purasangre’ de un mestizo. Salvo que nos hayamos convertido en expertos en todas las razas a base de ver fotos. Porque además, los afanes de los criadores en seleccionar especímenes raros de especies conocidas y ponerlos a criar y las modas de importar perros de otras latitudes hacen que sea todavía más complicado distinguir las razas en el universo perruno.

Pero volvamos al paladar… Del mismo modo que ocurre con el color de su pelo o su piel, se trata de un factor puramente genético. El color del paladar, como el de las encías, depende de la cantidad de melanina que se deposite en estas partes del cuerpo. Por ello, lo habitual, si son de piel clara, es que lo tengan rosado o con manchas, mientras para los de piel oscura es que lo tengan negro. Pero eso, depende del bueno de Gregor Mendel, sus leyes de genética y de los diferentes ascendientes de nuestro mejor amigo.

Dicen, ahora lo sé porque me he tenido que documentar para ello (¡grrrrrr!), que hay que remontarse a los tiempos de los zares en Rusia en búsqueda de ese mito que llenó —como otros tantos— muchas infancias de conocimientos inútiles. Una princesa amante de los canes alojaba en su palacio a un buen número de bellos ejemplares de chow-chow, esos peludos procedentes de China con la lengua azul y paladar negro. Nadie ponía en duda, dada la alcurnia de la propietaria de la realeza, que todos sus perros eran de la extirpe más noble y que gozaban del más alto pedigrí. Y como estaban adornados de un negro paladar, se popularizó esa asociación entre color de paladar y pura raza.

Al menos, a diferencia de los bajitos preguntones, mi ignorancia me ha permitido añadir una buena historia para contar en charlas de sobremesa. Aunque seguro que a ellos no les interesa porque, después de comer, preferirán sentarse a jugar en su ordenador. Bueno tal vez hoy no..

Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

 

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