caricia

Reconozco que me encanta que me hagan caricias… sentir ese dulce hormigueo que recorre el cuerpo cuando alguien me roza con los dedos. Traviesa que es una, también practico ese noble arte y de cuando en cuando hago lo que no me gusta a mí: intensificar el grado de caricia en determinadas zonas para provocar la sonrisa, la risa y una sensación que no siempre resulta placentera: las cosquillas.

Si no lo convertimos en suplicio, las cosquillas son una reacción que se traduce en risa y por lo tanto en felicidad. Y ya sabemos que la risoterapia es una terapia que no viene mal aplicarla de cuando en cuando a nuestras vidas. Que todo lo que nos elimine ansiedad se traduce en calidad de vida.

Ahora bien, esa reacción de risa nerviosa que provocamos en los demás a través del contacto físico, del tacto, no resulta tan fácil sacarla de nosotros mismos. Vamos, que resulta más que complicado que seamos capaces de reír cuando intentamos hacernos autocosquillas.

Una pregunta cuya respuesta no resolverá los problemas del mundo, pero que tiene su punto de curiosidad. Y todo lo que resulta curioso tiene también su derivada científica. Al fin y al cabo no debería de resultar complicado ya que nadie como uno mismo para conocer los puntos flacos de nuestra anatomía.

El asunto tiene que ver con nuestra capacidad sensorial y de estímulo de los centros de placer. Es decir, que tiene que ver con los caminos neuronales y la producción de hormonas. Despejada inicialmente la ruta, un grupo de investigadores intentó desentrañar el mecanismo y para ello nada mejor que escanear el cerebro de un número de personas y comprobar qué ocurre cuando nos autoestimulamos y cuando el estímulo proviene de un tercero.

Y comprobaron que las zonas que responden al tacto y al placer obtienen diferentes respuestas si son nuestros dedos o una mano ajena lo que nos toca. Y es así porque nuestro sistema sensorial es capaz de reconocer y predecir los movimientos que vamos a ejecutar y nos predispone a lo que puede suceder y nos inhibe.

La conclusión resulta interesante… Si no hay sorpresa, la autocaricia resulta placentera pero no se convierte en cosquilla, salvo en casos muy excepcionales.

Así que, ya sabe…

Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

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