olores prenatales

Ya sabemos que el miedo se huele. Se huele y se transmite. Lo que no teníamos tan claro es que en el proceso de aprendizaje que realizamos en el útero materno también se contagian estos sentimientos de temor.

Así, los temores de las madres, los miedos ante dificultades, acabarían por traspasarse al feto y, al nacer, el bebé experimentará el mismo sentimiento de terror ante situaciones que jamás ha vivido pero que en su momento provocaron temor a la mamá. Del mismo modo que los aromas maternos actúan como bálsamo que tranquiliza al recién nacido y le da protección y seguridad, también los olores pueden actuar como elemento que le provoque inquietud.

De momento, como suele ser habitual en Ciencia, las primeras fases de la experimentación se han realizado con animales y el grupo investigador ha conseguido localizar el área cerebral donde tiene lugar esa transmisión de información de madres a hijos.

La amígdala lateral es la zona específica para el aprendizaje de los temores. Se trata del área donde, ya de adultos, se crean los mecanismos de alerta y respuesta ante las amenazas.

Conocer este mecanismo neuronal servirá para explicar algo que ocupa y preocupa a más de un psiquiatra: cómo las experiencias traumáticas de las madres pueden llegar a afectar de manera profunda sus hijos, aunque no les hablen de ellas o hayan sucedido antes de que nacieran.

El olfato parece, a tenor del estudio, convertirse en un transmisor de información que hace que los bebés adquieran experiencia —mecanismos de defensa— mucho antes de que puedan tener las propias. Unos recuerdos que, además, se almacenan en la memoria a largo plazo y, por lo tanto, difíciles de borrar.

A pesar de no ser el sentido más evolucionado en los humanos, estas investigaciones sugieren un papel clave para el posterior desarrollo como adultos y, sobre todo, para el tratamiento de traumas o shocks.

Enrique Leite

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