labios

Hoy me siento especialmente perverso. No sé. Será una cuestión de una mala digestión o de una agitada noche de pesadillas provocada por el calor reinante en mi ciudad. Así que aprovechando el desasosiego nocturno, me he puesto a pensar en las burradas que hacemos con nuestro cuerpo en nombre de la estética y de los patrones que esta nos impone a cada rato. El caso es no sentirnos a gusto con lo que la naturaleza nos ha otorgado y vernos en la obligación de cambiar. Eso en cuanto al presente, porque lo del pasado es mejor ni tocarlo.

Este culto al día a día impone borrar cualquier huella pretérita, porque lejos de honrar a nuestros mayores o enorgullecernos de cumplir años, lo que toca es lucir eternamente jóvenes. Y vuelvo a mi perversión.

En esa loca carrera por eliminar rastros de que hemos vivido somos capaces de ingerir veneno. Tal cual. ¿No me creen? Pues miren a cualquier recauchutad@ que tengan a su alrededor y verán a un portador de una de las neurotoxinas más tóxicas. Exactamente el archiconocido botox no es otra cosa que una variante de la toxina botulímica: la botulina de tipo A.

Genéricamente, es la responsable del botulismo —una enfermedad a cuyas espaldas se cargan numerosas pandemias—. Producida por la bacteria Clostridium botulinum , puede resultar tan letal que menos de medio kilo puede eliminar a todos los habitantes del planeta.

Potencialmente muy peligroso, este veneno —la Naturaleza es sabia y nunca camina en una sola dirección, siempre nos ofrece la posibilidad de revertir cualquier efecto negativo o de ponernos junto al veneno el antídoto—, manejado en las dosis adecuadas, puede tener usos terapéuticos.

Administrada en mínimas dosis, la botulina A bloquea la acetilcolina, la sustancia de la cual dependen las contracciones musculares. Por ello, administrada en los lugares adecuados, puede resultar un remedio más que eficaz para erradicar por ejemplo el parpadeo incontrolable o cualquier enfermedad que conlleve espasmos musculares involuntarios o incluso el estrabismo.

Luego vinieron las investigaciones de la mano de la industria cosmética, y con su aplicación se evitó esas contracciones que se tornan en arrugas o en patas de gallo. Algunos dirán… ¡y qué importa!

Realmente nada. Cada cual puede hacer de su capa un sayo. ¿Pero no les resulta paradójico que aquellos que nos incitan a llevar una vida sana, a cuidar nuestra alimentación para no envejecer y que no se les cae de la boca la palabra “bio” sean capaces de llevar voluntariamente en su cuerpo dosis de un veneno a priori tan letal?

Enrique Leite

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