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Que las aves proceden evolutivamente de los dinosaurios es algo relativamente conocido. Aun así, el camino de la evolución de las especies es algo que no deja de intrigarnos y, por qué no, de asombrarnos. Y si no ya nos dirán si no resulta fascinante que un mazacote de más de 150 kilos se transforme en un ser que pese poco menos de un kilo.

Es cuestión de tiempo, como diría un amigo, y de capacidad de adaptación. Y todo comenzó con una pluma. O mejor dicho, con un buen puñado de ellas. Un linaje de los dinosaurios empezó por recubrirse con un lindo plumaje para protegerse del frío.

Luego comprobaron que ese manto —como el de los brujos— tenían otras propiedades: básicamente, resultaban una interesante ayuda para prolongar el nivel de los saltos y, cómo no, para planear, que es una forma como otra para conseguir una mayor agilidad en los desplazamientos —algo de lo que no estaban excesivamente sobrados los dinos—.

Así surgieron las alas, apéndice que acabó por atrofiar las manos y los brazos de estas especies. Y puestos a acometer transformaciones en su anatomía, a medida que se les fue desarrollando el cerebro —el órgano que más energía consume— y en función de las ventajas para su supervivencia de saltos y planeos —tenían mejor capacidad de huida ante los depredadores y mejoraban sus técnicas de caza—, fueron sobreviviendo las especies más pequeñas, lo que condujo paulatinamente a una reducción de su tamaño.

Además, aprender a volar, este proceso liberador, les permitió conocer nuevos hábitats y estilos de vida: no solo podían explorar tierras ignotas, sino subir a los árboles a procurarse alimento.

Todo un fascinante recorrido que comenzó la friolera de hace 210 millones de años, a finales del periodo Triásico. Y que se produjo a lo largo de 50 millones de años, que ese es el gancho de la historia que les acabamos de contar. Un grupo de investigadores ha concluido que el paso de dinosaurio a ave se produjo en este espacio de tiempo; bastante más de lo que se creía hasta ahora.

Nadie dijo que la evolución funcione a cámara rápida, ¿no?

Eduardo Costas, catedrático de Genética y Enrique Leite

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