celos

Emoción típicamente humana ligada a sentimientos románticos o más bien de posesión. Una construcción social que aparentemente nos diferencia del resto de las especies. Como arquetipo, el malvado Otelo que, desgarrado por su dolor, es capaz del asesinato (una tercera parte de los homicidios de violencia machista que se producen son provocados por estos ¿arrebatos?).

No obstante, los psicólogos sociales llevan años intentando probar que no se trata de un sentimiento universal y que culturalmente los celos corresponden a un modelo concreto de entender las relaciones. Vamos, que en lo tocante a ellos, la procesión va por barrios y que no solo existen individuos, sino colectividades con una serie de valores o principios que les hacen ajenos a esa zozobra mental que provocan.

En definitiva, que a diferencia de la ira o del miedo, la estructura de los celos no forma parte de nuestro circuito neuronal. 

¡Cómo nos gusta dramatizar a los humanos! Los que tenemos o hemos tenido una mascota sabemos hasta la saciedad que ese sentimiento es algo más común de lo que queremos creer. Sí, los perros también sienten celos. O sea, que compiten con otros animales o personas cuando sienten amenazado el afecto de quien han adoptado como propietario.

Es decir, los celos son una respuesta ante una amenaza. En concreto, aquella que protege los vínculos sociales frente a intrusos. Pues bien por primera vez, una investigación con animales prueba la teoría de que los celos pueden ser fruto de esa evolución natural para proteger al grupo.

De hecho, en la investigación pudieron comprobar cómo los perros intentaban encarecidamente romper cualquier vínculo nuevo que pudiera establecer su amo con un nuevo ser u objeto animado. Y lo hacían protestando, interponiéndose entre ellos o incluso con conductas agresivas —intentando morder al intruso o incluso al amigo—de este modo actúan como acicate para proteger la relación.

Un comportamiento innato — ajeno a cualquier proceso de socialización— que también manifestamos nosotros cuando somos bebés. Los peques también compiten con sus hermanos por el afecto materno o paterno.

Argumentos suficientes como para que se siga investigando y lleguemos a descifrar las autopistas cerebrales que conducen a este tipo de comportamientos, que como decíamos antes, provocan innumerables actos de barbarie.

Al fin y al cabo, si se trata de un asunto de circuitos, será más fácil acabar con ellos que si estamos ante un problema cultural, ¿no creen?

Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

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