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Cuando hablamos de virus o de bacterias y su virulencia habitualmente se recurre a su asombrosa capacidad para mutar y volverse resistente a las adversidades para explicar su permanencia en el tiempo.

Y normalmente resulta así. Estos microorganismos, que se reproducen a velocidad de vértigo —las generaciones se suceden en 24 o 48 horas—, tienen esa capacidad de provocar mutaciones en su composición genética que les permite adaptarse al entorno. Pero no siempre.

Una investigación liderada por británicos pone de manifiesto que uno de los factores que les permite prolongar su existencia entre nosotros es su rápida reproducción, lo que permite estabilizar unas abundantes colonias que pueden infectar a un número grande de especies que no han sido debidamente tratadas.

De hecho, analizando el rastro genético de un patógeno tan habitual como la Salmonella, responsable de la muerte de 200.000 personas al año en el mundo, han comprobado que mantiene su mapa genético prácticamente desde hace 500 años, cuando se origino.

La bacteria sigue siendo igualmente letal ahora que entonces; es decir, no se ha vuelto más eficiente gracias a sus mutaciones.

Los autores aseguran que esto implica que muchas epidemias y pandemias de enfermedades bacterianas en la historia humana reflejan acontecimientos ambientales producto del azar, “como la difusión geográfica y la transmisión a huéspedes no tratados previamente, en lugar de la evolución de organismos especialmente virulentos”.

Una investigación que vuelve a poner en su sitio a los dogmáticos y que evidencia que ni todo es fruto de la evolución ni de los factores ambientales. Que la naturaleza es sabia y combina al azar ambos elementos.

Eduardo Costas. Catedrático de Genética

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