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La evolución de las especies se produce atendiendo a un sencillo marcador: los mejor adaptados a los cambios son las que sobreviven. En función de sus propias características, cada animal que puebla la Tierra tiene unos rasgos que le hace especial sobre los demás. Unos son capaces de volar; otros son rápidos y cuentan con potentes motores de movimiento; otros, como nosotros, fuimos cambiando para adaptarnos a vivir erguidos….

Ahora bien, ¿existe un patrón universal que marca la evolución? Un científico británico que no obtuvo demasiado brillo durante su existencia y al que ahora comienzan a reconocérsele sus méritos desarrollo al filo de la década de los cincuenta del pasado siglo un curioso articulo, The Chemical Basis for Morphogenesis, en Philosophical Transactions of the Royal Society of London.

En él, esbozaba la teoría de la existencia de patrones matemáticos en la evolución. Dos moléculas que en función del modo en que interactuaban —en el que se organizaban— creaban patrones de funcionamiento. Es decir, que la Naturaleza no trabaja tan al azar como pensábamos y que lo hace siguiendo una serie de reglas perfectamente medibles.

Como teoría, resulta apasionante y seguramente por eso se abrió un campo nuevo en la investigación de biólogos. Y los resultados se van obteniendo poco a poco. Un grupo de investigadores ha comprobado cómo ese modelo matemático funciona, y que es el que la naturaleza ha seguido para crear los dedos de las manos y los pies.

El experimento, sin duda, fue complejo, pero mas allá de su formulación, quédense con ese dato: el determinar ese patrón no solo nos dará las claves para entender cómo se autoorganizan las células de los embriones, sino que también, como resultado, obtendremos un algoritmo matemático —algo preciso— que puede resultar en el futuro determinante para el desarrollo de enfermedades o para lo que se denomina medicina regenerativa.

Con este hallazgo, se allana el paso para poder obligar a las células a reconstruir tejidos dañados o enfermos. Pero eso no vendrá de manera inmediata.

Ya saben que, en Ciencia, las prisas no suelen ser compatibles con las investigaciones. Que no todo en el campo de la investigación es cuestión de dinero.

Eduardo Costas y Camino García Balboa

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