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Por si quedaba alguna duda, además de ser una guarrada, no contener las ganas y orinarse en las piscinas es malo para la salud. No solo puede ser el causante de irritaciones en la piel o en los ojos, sino que también puede dañar el sistema respiratorio.

Vamos, toda una gracia que tiene que ver con la química —al final, siempre acabamos en el mismo punto de partida— y las malas reacciones que provoca el cloro —el desinfectante que se utiliza en esos tanques de agua— cuando interactúa con el acido úrico. Porque ya saben que en esta disciplina la suma de dos elementos —incluso inocuos— puede dar lugar a un tercero que puede ser letal o que provoque graves consecuencias.

Un estudio científico publicado en la revista Environmental Science & Technology de la Sociedad Química de los EE UU confirma que estas sustancias tóxicas en contacto originan otras dos… que resultan muy dañinas: el cloruro de cianógeno (CNCl) —en su momento utilizado como un agente en la guerra química— y la tricloramina (NCl3), que perjudica el sistema respiratorio y produce irritaciones en la piel y los ojos.

Afortunadamente, el número de meones que ronda por las piscinas no es lo suficientemente grande para que se produzcan acumulaciones suficientes para desatar una guerra química. Ahora bien, aunque descartemos como improbable que se cree el cloruro y que estemos ante el estallido de la Tercer Guerra Mundial, el daño colateral en forma de tricloramina es fácilmente comprobable en nuestra epidermis o en forma de ojos enrojecidos.

Creo que resulta un argumento más que suficiente para insistir en que, en lo tocante a la educación y a la vida en comunidad, mantener unos hábitos de higiene sanos resulta algo más que imprescindible. Y no solo cuando vayamos a disfrutar de un día de piscina, sino en cualquier momento.

 Jesús Pintor, catedrático de Bioquímica y miembro de la RANF

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