Biking in the city (2)

Ya sabemos que aceptan (ellos) a regañadientes cualquier circunstancia que altere su status quo y que se inventan mil y una argucias para evadirse de las responsabilidades que supongan compartir en condiciones de igualdad.

En su paroxismo, además de acentuar las diferencias físicas entre hombres y mujeres como marca distintiva que apuntale su supremacía, se han llegado a inventar enfermedades para justificar eso de “la mujer en casa y con la pata quebrada”.

Y como muestra, una triste anécdota donde hasta los hombres de Ciencia se pusieron a empujar a contracorriente. Ojos saltones, debilidad mandibular, mueca forzada y arrugas por toda la cara, piel seca y dolor facial… toda una suerte de síntomas que evidenciaban que la mujer no podía montar en bicicleta. Su fisionomía y anatomía no estaban preparadas para ello y aquellas que se aventuraran estaban condenadas a padecer el mal de la Cara de Bicicleta. Eso por no hablar de otras cuestiones relativas a la depravación sexual que suponía que una mujer tuviera que manejar ese invento del demonio del mismo modo que los hombres (sentada a horcajadas, frotando su sexo contra el sillín y agitando a ritmo de pedaleo sus senos). Yo sexy, lo que se dice sexy, no lo veo.

Esta” enfermedad ” gozó incluso de una articulo en una revista científica de su época, el National Review, firmado por el doctor A. Shadwell en 1897. Eran los tiempos en los que Marie Curie trabaja en el laboratorio como una rara avis y cuando las mujeres, tímidamente, comenzaban a reclamar sus derechos.

Y claro, en ese contexto, la bici representaba un arma revolucionaria porque suponía un elemento que le otorgaba a la mujer una cierta liberación y autonomía: adiós a la carabina y bienvenido el alejarse del hogar.

Pero volvamos a nuestro artículo. Lo realmente curioso es que nuestro científico se fija en un argumento definitivo: si montas en bici, te volverás fea. Algo que ninguna nos podíamos permitir, sobre todo si entre nuestras pretensiones estaba vivir en pareja -unión debidamente santificada, claro-  para tener una vida más plena.

Luego, de pasada, se habla algo de apendicitis, del riesgo de contraer tuberculosis porque nuestros pulmones no están preparados para respirar a toda velocidad ese aire tan contaminado de las ciudades y otra serie de tonterías semejantes.

Aunque con la mirada en el presente y teniendo en cuenta lo vaga que soy, fruto de cierta sobreprotección materna (mamá hoy no me leas), me parece que me apunto a la prevención y destierro la bici para siempre. Además, aunque en su día intente apuntarme el tanto a modo de grito independentista; lo cierto es que entre mis múltiples facultades no se encuentra el equilibrio. No se puede tener todo.

Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

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