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Hace ya un par de años, les hablamos del experimento Milgram, ese que se realizó en la década de los 60 y que probó que personas normales son capaces de llegar a la tortura de un semejante amparándose en la obediencia debida —seguir órdenes de alguien a quien creemos superior en el escalafón sin pararnos a pensar si estas son justas o tienen consecuencias para terceros—.

Un experimento que entre otras cosas introducía algo de lógica, aunque fuera perversa, para entender cómo un país entero se puede volver loco y seguir ciegamente —activa y pasivamente— a un dirigente con propuestas descabelladas; por ejemplo, la Alemania nazi. Este psicólogo norteamericano pretendía estudiar el porqué se obedecen órdenes destructivas cuando proceden de la autoridad.

Lo que a tenor de una revisión de estos experimentos no se cuenta es que sus participantes obedecieron en nombre de la Ciencia, o mejor dicho, el creer que estaban contribuyendo a hacer progresar la Ciencia fue uno de los argumentos que hizo que  alguna de estas personas se convirtieran en torturadores de sus semejantes. 

Los archivos completos de este psicólogo y no utilizados en sus publicaciones o teorías así lo atestiguan. Los participantes no obedecieron ciegamente, también una buena proporción actuó así porque creía en la causa científica que promovía el experimento y otros, porque ellos estaban teniendo un protagonismo en un importante trabajo de campo, según comenta el psicólogo de la Universidad de Queensland y coautor del estudio, Alex Haslam.

Con esta revisión no se pretende poner en tela de juicio la terrible conclusión de que la obediencia ciega a un superior nos lleva a cometer auténticas barbaridades, sencillamente se añade un nuevo motivo por el que podríamos ser capaces de cometerlas.

Es decir, se añade una nueva luz roja, porque también cuando se cree actuar en nombre del progreso y de la Ciencia o cuando se piensa que se ingresará en el Olimpo de los que aportan algo a la Humanidad, se rompen las delgadas barreras de la ética.

También los científicos pueden engrosar esta peligrosa lista.

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