Sini

Sini, la tierna… la feúcha… la inolvidable…

Los que me habéis leído alguna vez ya conocéis mi pasión por Kalúa, mi perrita, aunque hay veces que me saca de quicio, sobre todo cuando huele alguna vianda en la mesa. Entonces me obsequia con un recital de quejíos que ya los quisiera para sí más de un cantaor flamenco.

Haciendo balance, la convivencia entre humanos y caninos está inclinada claramente a su favor. Ya hemos comentado su capacidad de empatía, que su presencia nos hace ser más equilibrados, que son un antídoto contra la depresión y que, incluso, nos hacen parecer más guapo@s. Y podríamos seguir hasta el infinito.

Así que en un cursillo rápido de etología perruna, abramos un capítulo dedicado a sus capacidades vocales. Los perros reconocen el mundo que les rodea básicamente por el olfato y es con su lengua como le ponen forma a los objetos y como se comunican con nosotros. Pero también se expresan con la voz —como la mayoría de los animales— y expresan su descontento, angustia o alegría. 

No en vano es una de las fórmulas que tienen todos los cachorros para comunicarse con sus mamás. Y de entrada, una nota: si su can es del género ladrador, no piense que está incubando un carácter agresivo, que el tono y la postura que adopte los determina su naturaleza… y también la raza; los llamados perros de jauría, como los Beagles, son más ruidosos que los más solitarios —los más próximos al lobo—, como los Huskys.

A través del sonido, los perros guardan su territorio —ladrido fuerte y repetitivo—, avisan de que se acerca un peligro —grave y espaciado—, expresan miedo —corto y agudo acompañado de pasitos hacia atrás–, manifiestan su ansiedad —el aullido lastimero que emiten cuando se quedan solos o ese ladrido rítmico y constante siempre en el mismo tono— o simplemente nos llaman la atención, sea por jugar, por hambre o porque son unos toca… —ese ladrido que parece una regañina, insistente, repetitivo y en tono agudo— porque quieren algo o reclaman nuestra atención.

Ladridos estos últimos que pueden venir acompañados de ejercicios corporales como el estiramiento de las patas delanteras. Luego están los aullidos, una llamada a la unión de la camada. Un comportamiento habitual de sus primos los lobos.

Hace tres días nos dejó Sini, la pequeña Siniestra (una broma de su joven dueña), ladradora incoercible, y miembro del grupo de los cinco imprescindibles de la adolescencia de mi mestiza: Sini (la primera hoy), Luna (cazadora sin trofeos), Trufa (Beagle obcecada), Kalúa y el macho alfa, Gorka. Cualquiera de ellos te habría dado con la patita insistentemente… ¡Venga Sini, levántate! El parque no será lo mismo sin ti, feúcha guapa.

Y ladrar y ladrar y ladrar, madrugadas sin poder dormir, es distinto sin ti (Sini)… muy distinto sin ti.

Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

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