pedo

La verdad es que desde estas páginas huimos en general de todo lo escatológico, pero eso tampoco quiere decir que nos pasemos de pacatos. Y desde luego, lo que no nos consideramos en absoluto es políticamente correctos. Las cosas son como son, la Naturaleza actúa tal cual… así que arrancamos.

Los asuntos de cintura para abajo suelen resultar incómodos para algunos y si, dentro de ellos, obviamos lo sexual y nos centramos sólo en lo fisiológico, el asunto puede resultar tabú. Llegados a este punto, es el momento que las mentes tiquismiquis desconecten. Una fuente de contaminación de metano y, en menor grado, de nitrógeno, la producen los propios animales, que emiten estos gases a la atmósfera en forma de ventosidades.

El asunto es de sobra conocido y también son públicos los efectos nocivos de tales emisiones. No se me alteren, que no vamos a machacar sobre ese clavo, sino sobre otro tipo de contaminación, la bacteriana o vírica. Dicho en otras palabras y de manera directa: además de contaminar, ¿cuándo nos tiramos un pedo expulsamos también bacterias y se convierte en un potencial foco de infección? 

Pues aunque no se lo crean, el tema ha sido objeto de estudios en el laboratorio. Al fin y al cabo, con expulsión del metano, nitrógeno, dióxido de carbono y sulfuro de hidrógeno —por cierto, para quien no lo sepa, el responsable del mal olor— también se liberan los gérmenes que anidan en nuestro intestino.

El experimento cotejó —analizó– qué compañeros de viaje salían expulsados con el gas y si estos accedían sin problema a la atmósfera o quedaban atrapados en la ropa. O sea, que se hicieron las pruebas con ropa o sin ropa. Y el porqué tiene su intríngulis, porque cuando uno no se lo tira, sino que se le escapa, suele suceder cuando estamos vestidos y en ocasiones en situaciones nada honorables.

Y claro, malo es atufar a la gente que nos rodea, pero peor es además contaminarlos.

Pues quédense tranquilos que, más allá del asunto olfativo, las pruebas demostraron que las bacterias quedaron atrapadas entre la tela y no se esparcieron por el aire, con lo que la posibilidad de contagio de enfermedades se reduce bastante.

O sea, que en lo tocante a las flatulencias, el riesgo de contagio por vía aeróbica es el mismo que existe cuando nos ponemos una mascarilla. Siempre y cuando, claro, no estemos desnudos.

Jesús Pintor, catedrático de Bioquímica y miembro de la RANF

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