suicidio

Pocas cosas pueden suscitar tanta controversia como el derecho a morir dignamente. Por una parte, siempre cabe la esperanza de que a última hora un descubrimiento científico dé con la solución que ahora nos parece imposible. También pesa el famoso juramento hipocrático de los médicos, comprometidos con salvarnos la vida. Eso por no mencionar otro tipo de consideraciones religiosas, donde el suicidio no está contemplado como algo que esté en nuestras manos.

Por otra parte, lógicamente, hay quien contrapone que tener una muerte digna es realmente el único derecho que podemos ejercer en libertad a lo largo de nuestra existencia. El ejercicio del resto de los derechos siempre depende de otro tipo de circunstancias. Y por ello, reclaman en nombre del libre albedrío su ejercicio. Pero aun así, si no tenemos el valor para hacerlo por nosotros mismos y precisamos de ayuda, nos toparemos con una legislación restrictiva en la mayoría de los países.

De ahí que  arraigue con una cierta  fuerza el denominado Turismo de Suicidio. No se trata desde luego de un viaje de placer, pero sí de descanso. Padecer una enfermedad terminal y no poder acabar con el sufrimiento es el objetivo que persiguen estas personas que ponen rumbo a Suiza para realizar su último viaje.

En cuatro años, se ha duplicado el número de personas que acudieron a este país a ser ayudados a morir.  En total han sido 611 personas, entre ellas ocho españoles. Las cifras forman parte de un trabajo publicado por el Journal of Medical Ethics, que ha revisado las bases de datos que existen en el país helvético.

La legislación suiza establece una serie de condiciones para que el suicidio asistido no sea perseguido. Entre estas condiciones, se contempla el padecer una enfermedad terminal, contar con un pronóstico clínico que no haga concebir ningún tipo de esperanza de curación o que conlleve un padecimiento —dolor— insoportable.

En la actualidad, en el país operan seis organizaciones que se dedican a esta práctica, y no solo para los nacionales, sino también para ciudadanos de otros países. Unas organizaciones que cobran unas tasas a sus clientes que oscilan entre los 7.000 y los 8.500 euros.

El estudio describe que las enfermedades neurológicas en sus últimas fases son las que provocan, en la mitad de los casos, adoptar tan radical solución. El perfil responde al de una mujer de 69 años que además padece más de una enfermedad.

La mayoría de los decesos se produjo por la ingesta de pentobarbital de sodio, un producto de la familia de los barbitúricos, que teóricamente induce a una muerte dulce.

Sirvan estas líneas a alimentar el debate y no a incitar a tomar ninguna decisión. Nosotros solo creemos que el conocimiento nos hará más libres.

Enrique Leite

 

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