bomba gay

Los caminos de la investigación científica resultan intrincados y, en ocasiones, un descubrimiento nos puede llevar a otro totalmente opuesto o se pueden reconducir determinado tipo de estudios. Pero aun así, nada tan poco edificante para la Humanidad como los fondos que destinamos a la industria de la guerra, lo que es sinónimo en numerosas ocasiones a la industria de la muerte.

La industria militar es de las más potentes del planeta, pero intramuros, también está llena de frikis que de cuando en cuanto deparan noticias como esta: “Militares norteamericanos diseñan un proyecto de arma no letal que haga que los soldados del ejército contrario se tornen homosexuales y se dediquen a amarse entre ellos”.

Tal cual lo están leyendo. Este proyecto, que podemos denominar la bomba gay o la bomba afrodisíaca, fue propuesto hace dos décadas al Pentágono. El plan de negocio contemplaba una financiación inicial de 7,5 millones de dólares. Fue propuesto por el laboratorio la Fuerza Aérea Patterson Wright y categorizado como arma química no letal al Pentágono y llegó a ser estudiado, escudados en la máxima de que el departamento de Defensa “está encargado de identificar, investigar y desarrollar armas no letales que ayuden a nuestras tropas”.

El proyecto constaba de tres páginas y fue objeto del reconocimiento internacional de los premios Ig Nobel por la Paz por “instigar investigación y desarrollo en un arma química que convierta a los soldados enemigos en irresistibles los unos para los otros”.

El asunto habría quedado enterrado entre la multitud de archivos de no ser por Sunshine Project, una organización privada que se opone a la investigación con armas químicas, que detectó tan peculiar iniciativa al pedir datos sobre la guerra química amparándose en la ley federal de transparencia en los asuntos públicos.

El producto, según las líneas del plan de negocio, estaría en el mercado en el trancurso de seis años y proponía rociar al enemigo con esta sustancia bien utilizando aviones, bien dentro de proyectiles o a través de aspersores.

Desde luego, un plan digno del mismísimo Napoleón Bonaparte o Julio César.

Jesús Pintor, catedrático de Bioquímica y miembro de la RANF

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