Cuando era un crío y llegaba el invierno o los fríos del otoño, que por entonces el otoño era una una estación donde también hacía un frío que pelaba, vivía atemorizado por la imagen de mi madre persiguiéndome por todos los rincones de la casa con esos gorros de lana que llamábamos verdugos, o con la bufanda, y esa orden en forma de grito conminándome a ponerme esas prendas para no enfriarme la cabeza.

Pasaron los años y disfruté de una juventud ajena a gorros y bufandas sin preocuparme lo más mínimo por el calor corporal y, por su puesto, tampoco el de mi cabeza. Luego, cosas de la genética, con la caída del pelo -aun me queda, pero nada parecido a una frondosa cabellera-, he comenzado a notar que siento que llega el invierno por la azotea.

Se me enfría y agradezco cualquier tipo de adminículo que me cubra la testa. Y ahora me acuerdo de mi madre y comienzo a preguntarme si tendría razón la buena mujer con su preocupación. Así que con el interrogante golpeándome en el cerebro me puse a leer por aquello de confirmar la “sabiduría de las madres”. 

Desgraciadamente, en esta ocasión es bulo. La cantidad de calor que libera nuestro cuerpo es homogénea y depende tan solo de una cosa: de la exposición al frío. Es decir, que si lo que exponemos al crudo invierno son las manos o las piernas será a través de ellas por donde perdamos el calor.

Ahora bien, las mamás tenían un punto de razón. La sensación térmica -sea de frío o de calor- es más acusada en cuello y cabeza que en el resto del cuerpo. A pesar de que representan una pequeña parte de nuestra superficie corporal, en nuestra cabeza concentramos un mayor número de células nerviosas y ya sabemos que son unas cotillas y trasladan al ordenador central del cerebro la información rápidamente. Pero una cosa son las sensaciones por tener más sensores de información y otra que sean las partes de nuestro cuerpo donde se produce la fuga de calor.

Así que aparquemos otra leyenda urbana sin fundamento científico y a las mamás, un consejo: sigan velando por la seguridad de sus polluelos pero fabríquense otro discurso si tiene la intención de poner a su peque un verdugo… No sé, algo más actual, como ¿quién va a reconocer a Wally si no va con su bufanda y su gorro de lana? Aunque ahora que lo pienso, igual lo de Wally también ha quedado ya obsoleto.

Enrique Leite

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