micropia

Representan dos terceras partes de los  seres vivos que pueblan la Tierra y son esenciales para la vida. Pero, quizá, por ocupar uno de los puestos más abajo en la escala trófica, apenas les prestamos atención. O mejor dicho, solo son visibles -damos importancia- a los que resultan dañinos. Si pronunciamos en voz alta la palabra microbio, o los llamamos por sus familias, virus, hongos o bacterias, rápidamente los asociamos a enfermedades o a problemas.

Y nada más lejos de la realidad. Aunque ciertamente algunos son responsables de la pandemia y destruccción de especies -desgraciadamente, en estos días uno, el del ébola, es terroríficamente famoso-, también a estos organismos microscópicos les debemos que tengamos aire para respirar -buena parte de la fotosíntesis la hacen las microalgas- y su presencia resulta vital para hacer, por ejemplo, el queso, el yogur o algunos alcoholes.

Y mirando al futuro, por su gran capacidad de adaptación -su capacidad mutante- pueden resultar imprescindibles para la producción de energía -biocarburantes-, para limpiar ambientes contaminados -biorremediación-, para producir antibióticos -biomedicina- o alimentos -bioalimentación-… La lista se antoja interminable. Es decir, son los responsables de una línea de investigación y social que está algo más que de moda: la que empieza por bio.

Así, con la vista puesto en nuestro habitual egocentrismo, estamos ante un potencial nicho de puestos de trabajo y de diseño vital que permitirá a generaciones venideras seguir poblando el planeta en condiciones algo más saludables que en las que lo hemos hecho nosotros y nuestros ancestros.

Por todo ello, saludamos desde Más que Ciencia la iniciativa holandesa de inaugurar el primer zoológico dedicado a los microbios. Micropia es una iniciativa que se empezó a dibujar hace doce años y diez millones de euros después ha podido abrir sus puertas al mundo. Es una especie de laboratorio gigante donde hay que acostumbarse a mirar a través del microscopio.

Aunque no se me asusten, que la mayoría de estos microscopios están conectados a pantallas gigantes de televisión donde podemos observar a nuestros microamiguitos sin mayores molestias. El microzoo está lleno de sorpresas y curiosidades, como un escáner que muestra a sus visitantes que han llegado al zoo con una gran cantidad de micros alojados en su cuerpo o nos demuestra qué ocurre en un viaje interior cuando nos damos un beso.

Ojalá la iniciativa se expanda y no haga falta pisar Holanda para poder visitarlo y, sobre todo, se convierta en un foco de vocaciones de los más pequeños para una serie de profesiones que, sin dudarlo, serán de las más cotizadas -social y económicamente- en el futuro.

Así que, ¡viva lo micro!

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