mosquito

No lo podemos considerar como una adicción, pero sin duda cuando la piel se irrita por una picadura, nada tan satisfactorio como una buena rascada. Lo malo es que empezamos suavemente, pero como la maldita picadura no cesa de molestarnos, los movimientos de dedos y las uñas se aceleran y podemos llegar a provocarnos una herida. O sea, que no es el camino adecuado.

Bajo esta premisa y dispuestos a encontrar una solución, un grupo de investigadores norteamericanos ha intentado descifrar la ruta neuronal en nuestro cerebro que diera con la clave para no seguir rascándonos. Y como punto de partida, se han fijado en una hormona, en concreto la del placer, como el principal elemento de su estudio.

La serotonina es el neurotransmisor que controla el dolor, y por lo tanto al liberarse en nuestro cuerpo cuando nos rascamos la herida, provoca la sensación de placer y las molestias disminuyen. Por eso seguimos rascándanos a pesar de que esa acción termine en una escabechina o en un sangrado. Hasta aquí lo contado les parecerá de Perogrullo.

Pero, ¿y si le damos la vuelta al argumento? Es decir, si evitamos que nuestro cuerpo produzca serotonina, lo que acabaremos haciendo es eliminar la sensación de placer o de alivio, y si no sentimos esto, parece lógico pensar que dejaremos de rascarnos porque no obtenemos ningún beneficio con esta acción.

A priori, parece una línea de investigación sugerente y, para ello, los investigadores recurrieron a sus amigos los ratones. Inhibieron en los roedores la producción de serotonina (bloqueando el receptor 5HT1A) y, ya sin ella, les inyectaron una sustancia que lo que hace es aumentar la sensación de picazón. Como siempre en ciencia, en el experimento se comparó su reacción con la de otro grupo de ratoncillos que no habían sufrido el taponamiento del neurotransmisor y que producían serotonina.

Los resultados fueron determinantes. Mientas unos, los productores de serotonina, no dejaban de rascarse y frotarse para aliviarse la picazón, los otros, los que tenían inhibida su producción, se mantenían más tranquilos y desde luego no se rascaban para aliviarse nada (vamos, que sufrían estoicamente).

El descubrimiento nos pone en el camino para desarrollar una cura que sirva para aquellas personas que padecen estos sarpullidos en su piel o a cualquier tipo de enfermedad que producen esta molestia.

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