pesimistas

Dicen las malas lenguas que los pesimistas no son otra cosa que optimistas bien informados. La información, pues, si seguimos el argumentario de este viejo dicho, resulta un elemento fundamental para que esa vida llena de colores alegres y que invitan a la sonrisa se cubra de grises que hagan la existencia un poco menos happy.

Pero si traducimos el aforismo al lenguaje científico, lo que viene a decirnos es que el ambiente, que es de donde sacamos la información para sobrevivir, acaba siendo determinante para desarrollar todo lo relativo a nuestra inteligencia emocional, y con ella las percepciones que obtenemos del entorno. Emociones negativas y positivas que a la postre nos marcan.

Sin negar validez a este hilo argumental, hay que subrayar que resulta incompleto y que también existen factores genéticos que pueden determinar nuestro prisma -o sea, moldear el carácter de los pesimistas-. Como siempre que pasamos cualquier cuestión por el tamiz de la Ciencia, nos damos cuenta de que las respuestas a los interrogantes cuentan con multitud de factores. Así que echemos mano de las moléculas. Comprobaremos que también tienen su parte de culpa para que las cosas se viren al negro. 

Efectivamente, lo han adivinado, la genética también interviene en este asunto. En el ADN llevamos escrito el código del pesimismo. Todo depende de un gen, el ADRA 2b, y de una variante que influye en la producción de una hormona, la norepinefrina. Esta hormona es la que participa en la creación de nuestros recuerdos emocionales. Y a mayor creación de recuerdos negativos, aumenta nuestra carga de pesimismo.

Cuando poseemos la variante de este gen, como ocurre con los pesimistas recalcitrantes, liberamos más cantidad de esta hormona que nos predispone a almacenar recuerdos negativos, y si llenamos nuestro disco duro de este tipo de recuerdos, la resultante es que nos convertimos en personas a la defensiva y con una predisposición al miedo y al pesimismo… a identificar siempre el lado oscuro.

Esta cuestión innata o marcada por los genes puede ser el origen de trastornos a la larga para los pesimistas. Problemas físicos y también trastornos psicológicos. Los primeros resultan evidentes; alguien que vive a la defensiva somete a su sistema cardiovascular a una mayor presión, porque no estamos programados para vivir en permanente estado de alerta, y ese desgaste se traduce en problemas de corazón a la larga.

Los emocionales, casi mejor no enumerarlos, porque la lista se antoja larga. Solo quédense con un dato: aquellos que viven pensando que todo es empeorable, reducen sus expectativas de conseguir el éxito y acaban por dejarse llevar por la ola. Total, para qué esforzarse si hagas lo que hagas todo saldrá mal. Y esa actitud, desde luego, no es la más apropiada para hacer trabajar a nuestras neuronas.

Y llegados a este punto, como decíamos al comienzo, sin desdeñar el hilo argumental del ambiente, no se olviden de ese componente genético. Tratar adecuadamente ambos seguro que acaba haciéndole aflorar una sonrisa.

Anuncios