Puja (Kukur portada

Fascinante Oriente… tan fascinante como aterrador… te atrapa por su belleza y te espanta por su crueldad. La tierra del yin y del yang es capaz de mostrarte lo más noble y lo más vil del ser humano. Y lo curioso es que todo se hace en nombre de una religión con un gran componente panteísta.

Nepal pasa por ser uno de los grandes desconocidos para nosotros los occidentales de ese oriente lejano. Patria chica de los lamas y que funciona como una monarquía medieval, sus habitantes -herederos directos de los desinovanos- han moldeado su carácter en los valles que forman el macizo montañoso más alto del planeta. Pero no nos detendremos en esos rasgos diferenciales, sino en otro que muestra esas dos caras de la moneda a las que nos referíamos al comienzo y donde el barniz de la religión deja su fina impronta.

País pobre entre los pobres, los nepalíes son capaces tanto de festejar la mayor matanza de animales en forma de ofrenda a Gadhimai como de destinar una semana a honrarlos. Coincidiendo con la gran fiesta de los muertos en el orbe católico, los nepalíes comienzan una semana dedicada a rendir homenaje a sus compañeros no humanos, entre los que se incluyen vacas, cuervos y perros.

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A estos últimos se les destina el segundo día de la celebración y lo llaman Kukur Puja, que significa “adoración a los perros”. Una jornada entera donde nuestros amigos peludos reciben ofrendas en forma de comida, adornos de guirnaldas y la distintiva marca hindú en la frente y patas, la tika o tercer ojo, representación ornamental de la sabiduría. De esta forma manifiestan su respeto por las relaciones que humanos y canes desarrollamos a lo largo de nuestro paso por la vida.

Cuenta la leyenda que hubo un dios que consideraba a los perros sus fieles mensajeros y por eso cualquier peludo callejero es tratado en este país con respeto. Siento una sana envidia ante este comportamiento. Según la historia, antes de nuestra era cristiana dos familias emprendieron una sangrienta lucha por el dominio de la ciudad sagrada de Hastinapura.

Los hermanos supervivientes y vencedores de la contienda comenzaron su ascenso hacia el divino destino, el cielo, con un inesperado acompañante, un perro. Durante el trayecto fueron cayendo los peregrinos hasta quedar uno solo, de nombre Yudhistira, junto al canino viajero. De pronto, ya llegando al destino, ante ellos se personó Indra, el señor del cielo, y ofertó al guerrero terminar el trayecto en un cómodo carro con la condición de que abandonara al perro por considerarlo un ser impuro.

Yudhistira, agradecido por la fidelidad de su amigo, desestimó el ofrecimiento declarando que no podría ser feliz en ningún paraíso sin su leal acompañante. Según el mito al oír estas palabras el perro se transformó en Dhirama, el dios de la Justicia, y acompañó a su amigo humano camino al cielo.kukur tihar

Decía que siento envidia insana por esta tradición. Los amantes de los animales en general y de las mascotas domésticas en particular no paramos de preguntarnos por qué los gobiernos de los llamados países kukur puja 3desarrollados como el nuestro no legislan contra las múltiples aberraciones que se cometen contra nuestros compañeros. Y tendemos a pensar que a las democracias “bien asentadas” se les deben presumir actitudes más cívicas con estos seres indefensos en nuestras manos, que confían en nosotros plenamente por poca cosa: un mimo y un plato de comida.

Desde hace tiempo, en las  redes sociales se exigen leyes que castiguen el abandono, maltrato y muerte de animales por deporte, tradición o ritual religioso y, ya ven, hay países no desarrollados que sí las poseen. Esta es la parte hermosa de esta historia. Sin embargo, no todo es de color de rosa.

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En cuestión de salud pública, no hay recursos suficientes para someter a las mascotas a vacunaciones y desparasitaciones, actuaciones indispensables para prevenir la transmisión de enfermedades, motivo por el cual son sacrificados por medio del envenenamiento saltándose sus propias leyes de respeto animal.

Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

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