elephant

“Abuelita, abuelita, ¡qué orejas más grandes tienes!”… No les vamos a contar el cuento de Caperucita, que no son horas de irse a la cama ni tampoco se trata de un juego para que contesten eso de “son para oírte mejor”. Solamente queremos llamar la atención de que los sentidos, en esta ocasión el del oído, resultan básicos para que las diferentes especies organicen su lucha diaria por la supervivencia, aunque para nuestra desgracia, no se trata del sentido más desarrollado en los humanos.

Vivimos en un mundo lleno de ruidos y localizarlos representa una herramienta fundamental para defenderse del ataque de los innumerables depredadores que amenazan la vida. Al fin y al cabo, todos ocupamos un lugar en la cadena trófica y no existe especie que no cuente con sus propios depredadores -para nosotros, el principal es el propio hombre, que lleva en su interior el germen de la autodestrucción-.

Pero el oído no solo es útil para la defensa, también para la búsqueda de recursos, como el agua. Del cielo cae el maná y en la mayoría de los casos en forma de lluvia.  Por eso, aquellos animales que viven en climas secos están obligados a realizar grandes migraciones por amplios territorios a la búsqueda del líquido elemento, o sencillamente, se desplazan a la caza de las temporadas de lluvias. 

Esto hacen los elefantes, cuyas manadas viven en continuo tránsito hacia las zonas más húmedas. Y lo hacen utilizando unos patrones de movimiento que desconciertan desde hace mucho tiempo a los investigadores. De pronto, y sin motivo aparente, el grupo que se dirige hacia una zona cambia bruscamente el sentido de su marcha. Patrones aparentemente erráticos que acaban casi siempre con la recompensa de encontrar un área donde esta lloviendo o lo ha hecho hace poco. El resultado, apetecibles charcos donde saciar su sed y chapotear a su antojo.

Así que valiéndose de la tecnología moderna -los GPS- un grupo de científicos se propuso desentrañar el porqué de estos movimientos repentinos. Bastó con comparar los datos de su peregrinar con los obtenidos con el rastreo de las precipitaciones a través de los satélites. La relación causa/efecto fue sorprendente. Los caminos del elefante siempre los conducen hacia la lluvia.

Como hablamos de Ciencia, los investigadores no han querido atribuir a los elefantes un sexto sentido; su conclusión es mucho más lógica: simplemente detectan las tormentas a larga distancia y, aunque el estudio no está completo, lo atribuyen al increíble desarrollo de dos de sus sentidos: el oído y el olfato. Oyen y huelen la humedad o el sonido de truenos a larga distancia. Son capaces de detectar tormentas de lluvia a 250 kilómetros de distancia. Ahí es nada.

Así que en su caso, si el pequeño elefante le pregunta a la abuela elefanta el porqué de sus orejas y su trompa tan grande, ya saben la respuesta: para oír y oler la tormenta mejor y que no nos falte el agua.

Anuncios