muñeca maltrato

Cuando una mujer es golpeada son dos hombres quienes la dañan: primero, el propio agresor y en segundo lugar, pero no menos importante, el arropamiento social que le dice que él es quien manda, que debe ponerla en ¿su sitio? Una suerte de machismo que se perpetúa generación tras generación y lo hace gracias a comportamientos tendentes a banalizar, invisibilizar y justificar la violencia como resolución de conflictos. Es el MACHISMO que formalmente se abomina desde todo tipo de púlpitos.

Ahora bien, qué me dicen de esas otras actitudes derivadas de la diferenciación de roles por género. Seguro que ni cae en la presencia de otros micromachismos -llamados suaves o de baja intensidad- y que son actitudes cotidianas de dominación, de sobrecarga de trabajo sobre la mujer, autoindulgencia masculina, hipercontrol o coercitivos, que pueden ser insidiosos, a veces casi invisibles y que los hombres ejecutan permanentemente.

Cuestiones tan desapercibidas socialmente como el tiempo que cada uno dedica a sí mismo cuando vive en pareja o por supuesto, las obligaciones domésticas. Los desahogos necesarios para los hombres (gimnasio, salir de cañas con los amigotes…) los necesitamos también las mujeres al terminar nuestra jornada laboral. Pero no, nos toca correr a casa para terminar nuestra jornada… doméstica.

Una cuestión de roles que incluso forma parte de la gran literatura clásica. Lean o relean La fierecilla domada, de Willian Shakesperare, y encontrarán todo un decálogo de estrategias de utilización para restringir la autonomía de la mujer.

Lo fácil resulta sumarse a este día mundial de denuncia, que en esta edición se prolongará del 25 de noviembre al 10 de diciembre y que reclama el liderazgo social de la mujeres. Lo complejo es mirarse al espejo y repudiar nuestros comportamientos cotidianos.  De qué vale un día o unas semanas vivir saturados de datos o cifras de niñas mutiladas, de jóvenes violadas, de mujeres asesinadas (imágenes del horror al fin y al cabo)… si a continuación pasamos página y nos dedicamos a disfrutar, por ejemplo, de imágenes de un reality show donde dos mujeres compiten por el favor del macho, o donde ellas, adolescentes, asumen el papel de que “es mi hombre y que haga conmigo lo que quiera” (vamos, que asume su situación de tutela y dominación) o arremeten contra la otra chica mientras el macho se pavonea de sus actitudes.

Y encima organizamos debates, en la propia tele -parece que da audiencia- o en bares o donde sea con conclusiones tan gratificantes como que fulana “es una guarra” o zutana “hace bien en luchar por su hombre”. Invito a una reflexión al respecto. Nosotros en nuestro día a día, en nuestro trabajo… cuando juzgamos, opinamos, sobre comportamientos hagámonos esta pregunta: ¿lo que vale para nosotras, vale también para ellos? O lo que es lo mismo, ¿lo que no vale para ellos, vale para nosotras? Porque el machismo mayúsculo está en jueces, policías, médicos o charcuteros; no entiende de ideologías ni de clases sociales.

Pero claro, resulta mucho más práctico no hacernos preguntas, sumarnos gregariamente al día de denuncia y a seguir con nuestra vida cotidiana, esa donde no hacemos examen de conciencia para abominar de nuestros comportamientos micromachistas -hombres y mujeres, pero más hombres-.

Lo micro es la rendija por donde entra lo macro.

Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

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