maiz

Quien más o quien menos conoce eso de los beneficios de las plantas por aquello de que absorben CO2 y expulsan oxígeno a la atmósfera. También, que este proceso se invierte por la noche y por eso no es recomendable dormir en una habitación repleta de plantas. Pero siendo cierto, el asunto es algo más complicado.

Este proceso se agudiza en primavera y verano. Coincidiendo con su florecimiento, los vegetales precisan de un aporte mayor de CO2 y este gas es expulsado en otoño e invierno, cuando se descomponen sus flores. Este proceso, conocido desde hace mucho, mucho tiempo, permite a determinados investigadores realizar complejos mapas de cómo y dónde se produce esta mayor liberación de gases, que por otra parte nos son bastante útiles de cara a predecir los efectos del cambio climático en la geografía del planeta.

Y este asunto, el del cambio climático, enlaza con lo que hoy queremos explicar. Las necesidades de dar de comer a la población humana están favoreciendo el desarrollo de un tipo de agricultura, la intensiva, que se está dejando notar en estos mapas y que sugiere que también en este campo y no solo en el de la industria debemos de introducir cambios o nos condenaremos a medio plazo como especie a la desaparición. 

Estos nuevos tipos de cultivos intensivos para satisfacer demandas de consumo están modificando de manera notable el precario equilibrio medioambiental y a aumentar los niveles de dióxido de carbono que, a su vez, alteran los ecosistemas. Los autores del estudio han comprobado cómo el aumento en la productividad del maíz, trigo, arroz  y soja ha modificado significativamente el ciclo anual de CO2 en la atmósfera en el Hemisferio Norte.

Tan significativamente, que se explican alrededor del 25% de las oscilaciones del CO2 que se libera a la atmósfera simplemente comparando la ratio con las tierras de cultivo. Lo hicieron estudiando estas cuatro especies porque sumadas suponen el 64% de las calorías que los humanos consumimos para nuestra alimentación en todo el mundo. Los datos son apabullantes: encontraron que la producción de estos cultivos en el Hemisferio Norte por encima de los trópicos, donde se realiza la mayor parte de la agricultura en el mundo, aumentó más de un 240% entre 1961 y 2008.

Con el estudio en la mano y teniendo en cuenta que seguiremos creciendo demográficamente y por aquello de no nos pille el toro, sería el momento de que los dirigentes se pusiesen a pensar en cómo, y con qué consecuencias, nos vamos a alimentar en los próximos siglos con unas mínimas garantías de que el mundo siga existiendo.

La otra conclusión a tener en cuenta es que la mano del hombre, siempre culpable, no solo incrementa el efecto invernadero con sus fábricas, sino también con su actividad agrícola. El estudio concluye con una mirada hacia el futuro, puesto que las proyecciones de población sugieren que la producción mundial de alimentos tendrá que ser casi el doble durante el próximo medio siglo, con aumentos en las tierras de cultivo y la productividad, “imponiendo una marca aun más fuerte de las actividades humanas”.

A cada paso que damos nos encontramos con una huella humana que está modificando el planeta.

Anuncios