apagar el dolor

Hay imágenes que apartamos de nuestra mente de manera casi instantánea. Una de ellas es el dolor. Si me preguntan, les diré con sinceridad que tanto ver sufrir a los demás -sea cual fuere su especie- como padecerlo en mis propias carnes es algo que me supera. Así que, fríamente, soy de los que se apuntarían sin dudar a cualquier botón que descubrieran los científicos y que pudiera acabar con esa sensación.

Al fin y al cabo, el dolor es fruto de una de tantas señales que mandamos a nuestro cerebro para comunicarle que algo va mal en el organismo. Y como todas las rutas tienen un camino predeterminado, formalmente se trata de bloquearlas. A partir de ese momento, dejaríamos de sentirlo -¡ojo, no de padecerlo! Por ejemplo, si conseguimos inhibirnos al dolor de una quemadura dejaremos de sentirlo, pero no de quemarnos-.

Bueno, pues cada vez estamos más cerca de lograrlo. Al menos, para los que padecen dolor crónico. De momento, parece que funciona en ratones. Se trata de utilizar -encender- un estimulador químico natural de un receptor, el A3, que comunica directamente con la columna vertebral. Esta sustancia, denominada adenosina, no solo alivia el dolor, sino que carece de los efectos secundarios que habitualmente surgen cuando utilizamos analgésicos, sobre todo, los relativos a la tolerancia al medicamento, lo que nos obliga a tomar cada vez dosis mayores, o la adicción que provocan el tomarlos.

El estudio ha sido publicado en la revista Brain por investigadores de la Universidad de Saint Louis, EE UU. El estudio prueba que “el aumento de los niveles de adenosina endógena a través de la inhibición de la adenosina quinasa selectiva produce potentes efectos analgésicos en modelos de roedores de dolor neuropático experimental”. Las pruebas en los roedores demostraron que esta sustancia reduce la excitabilidad de las neuronas de la columna vertebral. Es decir, que estamos en el umbral de encontrar una revolucionaria terapia para combatir el dolor crónico.

Lo más importante, como subrayamos, es que no tiene ningún tipo de efecto secundario y esta circunstancia, por ejemplo, lo convierte en una diana terapéutica interesante ante los dolores que provoca el uso de la quimioterapia en los tratamientos contra el cáncer.

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