dolor apendice

Adaptarse o morir. En evolución es una ley no escrita pero definitiva. Ahora bien, en este proceso de adaptación, el organismo siempre deja vestigios de lo que fuimos o de donde procedemos.  En nosotros, uno de los signos más evidentes de este proceso evolutivo es el apéndice, un vestigio de cuando éramos herbívoros -era el saco donde procesábamos la celulosa ingerida en este tipo de alimentación, que aparentemente se quedó ahí como un molesto recuerdo. Y decimos molesto, porque su infección o inflamación hasta hace bien poco era uno de los caminos directos hacia el Más Allá.

Sin un uso definido en nuestro proceso hacia la alimentación a base de carne, tradicionalmente la medicina moderna optó por la cirugía ante los primeros síntomas, por aquello de poner en práctica soluciones rápidas que evitaban males mayores. Pero la Naturaleza es sabia y nada está puesto al azar, o mejor dicho aunque esté puesto al azar, sucede porque tiene una función definida, aunque nuestros cortos conocimientos no hayan sabido descubrirla.

De hecho, según hemos ido avanzando en conocimientos, es decir en Ciencia, y se han desarrollado nuevas disciplinas como la imnunología, hemos podido comprobar cómo, el molesto apéndice todvía cumple una función en nuestro organismo: nada menos que ayuda a preservar nuestra flora bacteriana. Eso que ahora tiene tanta publicidad para vender determinados productos lácteos con bio o productos que compramos directamente en los herbolarios en forma de pastillas.

Nuestra dieta sigue teniendo un amplio componente vegetal y, por lo tanto, seguimos acumulando residuos en forma de celulosa que es preciso descomponer. Y estas bacterias, en buena parte, se acumulan en este pequeño órgano de apenas 10 cm. Los estudios sobre inmunología han probado que el apéndice actúa a modo de reservorio de bacterias que pueblan de manera automática nuestro aparato digestivo cuando éstas han desaparecido fruto, por ejemplo, de una infección.

Y como prueba, un botón: los humanos que conservan su apéndice son capaces de recuperarse antes que quienes lo han perdido de una diarrea, por ejemplo. Y eso ocurre gracias a esas reservas de bacterias que atesora el apéndice.

Ciertamente, la Medicina ha avanzado mucho, y cuando padecemos una infección del aparato digestivo existen numerosos medicamentos que permiten esa regeneración de la flora bacteriana, pero del mismo modo, debemos pensar que no todos los humanos vivimos en el Hemisferio adecuado -el del progreso y del avance científico-. Más bien somos una minoría.

La mayoría, desgraciadamente, ha de vivir en condiciones en la que uno está obligado a ser autosuficientes. Eso por no echar la vista atrás, cuando las poblaciones humanas eran pequeñas y dispersas y la Medicina vivía a caballo entre la Ciencia y la magia.

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