brain

El tamaño de nuestra cabeza no tiene que ver con el tamaño de nuestro cerebro, o mejor dicho, con su capacidad de desarrollarse. De hecho, ellas lo tienen más pequeño que ellos, y resulta que son más inteligentes de media. Eso por no compararnos con el resto de las especies, donde abundan las grandes cabezas y la escasa inteligencia si la comparamos con la nuestra -aunque en ocasiones, viendo cómo utilizamos la inteligencia para destruir, casi mejor que no hubiera evolucionado tanto-.

El caso es que los antropólogos, que llevan tiempo dedicados al estudio de nuestros antepasados, vienen notando que desde hace unos 20.000 años los cerebros humanos van menguando en tamaño -casi el volumen de una pelota de tenis menor-. Lo que viene a indicarnos que la evolución marca un camino en lo tocante a nuestro cerebro. Y ese camino se define en términos energéticos.

Sí, el ahorro de energía no es un invento para poder hacer frente a las abultadas facturas de la luz, también tiene que ver con la propia evolución. En algunas ocasiones, ya hemos narrado que la mayor energía del cuerpo humano se consume en este apéndice. Y se consume en mandarnos órdenes para movernos, para mantener nuestra temperatura corporal o para realizar nuestra actividad cotidiana, y no tanto en pensar.

En primer lugar, aunque somos más altos que en la prehistoria, nuestro cuerpo ha ido disminuyendo en masa -los cromañones precisaban mayor energía para moverse, comer o cazar, allá por la Edad de Piedra-. Y el paso de cazadores a recolectores, por ejemplo, marca el inicio de una tendencia hacia un menor consumo energético. También ha resultado definitivo el fin de la glaciación, ya que se precisa menor energía para mantener nuestra temperatura corporal a punto.

Son cambios significativos en nuestros hábitos que han provocado una evolución en positivo; es decir, a ir limpiando nuestro disco duro de programas que no resultan necesarios. Y como no resultan útiles ni prácticos, lo que hacemos es quitarlos definitivamente. Y eso supone ir adaptando el tamaño del cerebro a las funciones que realmente son precisas.

También los cambios anatómicos de las hembras de nuestra especie, la reducción de la pelvis, nos ha obligado a reducir el tamaño craneal para que el parto y nacimiento transcurra con normalidad, aunque en este punto no se sabe qué fue primero, si el huevo o la gallina; es decir, que el erguirnos sobre las piernas reduce el canal del parto y obliga a tener un cerebro menor o lo contrario, que gracias a reducir nuestro cerebro pudimos erguirnos sin poner en peligro la supervivencia de la especie.

Así que, lejos de alarmarnos, parece que se trata de ajustar el tamaño a las necesidades reales. Y eso vale para todo.

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