corazon y cerebro

A conocimiento de profana, en el corazón albergamos los sentimientos mientras que el cerebro se ocupa de la razón. Como metáfora no está mal, aunque todos sabemos que en ese complejo entramado de circuito neuronal se guarda todo, tanto reacciones emocionales -amenazas, atracción, etc.- como la elaboración de cualquier pensamiento complejo -lo que pomposamente llamamos razonamientos-.

Ahora bien, eso no quiere decir que esas reacciones cerebrales no tengan su correlación en otras partes de nuestro cuerpo. Por ejemplo, el miedo se acompaña con un aumento de los latidos cardiacos o con profusa sudoración. Podríamos decir, siguiendo este razonamiento, que existe por lo tanto una especie de conciencia corporal.

Bueno, hasta aquí todo normal. Al fin y al cabo nuestro organismo funciona como un todo. Pero, y si no hubiera un pero habría que inventarlo, qué pasa cuando sufrimos un trasplante; es decir, cuando cambiamos una pieza defectuosa de ese todo por algo ajeno a nosotros mismos. Pues en eso la Ciencia anda algo despistadilla, porque algunos estudios  revelan que estos cambios suponen también una alteración en nuestros sentimientos.

Y no estoy  iniciando el guión de una película donde el corazón transplantado de un asesino nos convierte en asesinos, que quede claro, pero sí es cierto que se producen alteraciones. Me explico. Todos tenemos una cierta conciencia corporal. A esa conciencia corporal se le denomina sensibilidad de manera genérica y se refiere a los mensajes que nos manda nuestro cuerpo: una caricia que nos hace vibrar, un fuerte latido, son sensaciones que tenemos todos, que no son racionales y que nos llevan a tomar decisiones.

Y como lo hacemos sin construir un razonamiento previo, unas veces lo llamamos sentimiento y otras veces intuciones. En cualquier caso, tenemos claro que son irracionales. Así, en función de ese desarrollo de la percepción corporal, llegamos a dividir a las personas en función de si son más intuitivas o más racionales (es decir, si tienen comportamientos más impulsivos o más cerebrales).

Avancemos en la paradoja. Resulta que se empieza a estudiar si ese comportamiento más cerebral o más intuitivo cambia cuando es preciso someterse a un trasplante de corazón. Y parece que la dirección apunta a que sí, a que efectivamente hay cambios.Cuando recibimos un órgano , cardíaco en este caso, procedente de un donante o de tipo artificial, parece que dejamos de reconocer nuestros latidos de siempre, y ese cambio en el ritmo altera nuestras percepciones sobre nuestro propio cuerpo, lo que provoca a su vez cambios en nuestros sentimientos.

Al menos en los casos estudiados, esas personas sufrieron cambios de personalidad, cambio su capacidad empática y se percibieron alteraciones en su estado emocional. Todo ello nos puede llevar a concluir  en un tiempo no excesivamente largo que es el corazón quien verdaderamente manda en nuestros sentimientos y no nuestro cerebro.  Y no me vengan que conque es un post femenino que lo han dicho los científicos, no yo.

Laura Castillo Casi, periodista y enfermera

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