Virus estupidez

Alguna vez que otra, cuando era chaval, escuchaba a modo de recriminación, cuando me despistaba en clase y no sabía contestar alguna pregunta, si me había picado el virus de la estupidez. Y bueno, ahí quedó grabada esa frase en mi memoria dentro del apartado de gracias sin gracia de los profes.

Y por ahí andaba cogiendo polvo en el trastero hasta que leí, por casualidad, que un grupo de norteamericanos, científicos por supuesto, había descubierto el virus de la estupidez. Lógicamente, cuando me topé con semejante titular, lo primero que hice fue esbozar una sonrisa para, a continuación, sumergirme en la lectura del texto.

Y aunque no tiene por qué ser el responsable del número de estultos que pueblan la Tierra, ciertamente su infección puede provocar problemas de discernimiento y atención en aquellos contagiados. El virus ha sido bautizado como ATCV-1,  y en principio se creía que solo colonizaba las algas, pero también puede anidar en las gargantas humanas.

Cuando nos invade, este virus afecta directamente al funcionamiento de la corteza cerebral, provocando su inflamación, hecho que a su vez tiene una acción directa sobre el pensamiento (alterarlo, hacerlo más lento o incluso transformarlo), según creen los investigadores.

De hecho, alguna de las pruebas realizadas confirmaron que las personas contagiadas por el virus tenían un coeficiente intelectual más bajo o presentaban problemas de atención o menor conciencia espacial que los que viven sin su presencia en el organismo.

Para probar esa percepción, los investigadores realizaron las pertinentes pruebas en animales y pudieron observar que los ratones infectados presentaban menores habilidades cognitivas o capacidad motriz que el resto y que tenían afectado el hipocampo, el área cerebral directamente relacionada con el aprendizaje y la formación de la memoria.

Así que, técnicamente hablando, ese virus del que me hablaban mis profesores existe. Ahora lo que corresponde es desarrollar un test para saber si realmente está más extendido de lo que creemos o simplemente es uno de tantos virus que circulan por ahí pero del que raramente nos infectamos.

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