escuchar

Hoy nos adentramos en el proceloso mundo de las parejas. Si hacen una encuesta a su alrededor -se entiende que entre seres de su especie que convivan en pareja- seguro que sacan como conclusión que una buena parte -por no decir la mayoría- de las discusiones conyugales vienen provocadas porque “es que no me haces caso cuando hablo, cariño”.

Y si es de los curiosos que observan a su alrededor -o sea, mientras habla con la propia- se dará cuenta de que en la mayoría de las conversaciones rutinarias, las del día a día, una de las partes lleva la voz cantante y la otra acostumbra a responder con monosílabos.

Y si afina un poco más y hace la división por géneros, seguro que concluye que son ellos los que desconectan antes, se meten en su mundo y dan la callada por respuesta. Y como no queremos avivar el fuego de ninguna discusión, quítenle hierro al asunto, que parece que los pobreticos no dan para más y, a partir del minuto seis, pierden la atención, y comienzan a dispersarse. 

Al menos eso dice un estudio donde, después de realizar las estadísticas oportunas, concluyen que en lo tocante a escuchar, la naturaleza no les ha dotado con especiales habilidades.

Según Carlos Silva, profesor de neurología del Hospital Clínico de la Universidad de Chile, el asunto tiene que vez con el tono de la voz y el cerebro masculino. Nosotras somos más versátiles que ellos, la voz femenina cuenta con una serie de inflexiones más complejas que la masculina, lo que requiere un mayor esfuerzo cerebral; es decir, hay que activar más neuronas en la corteza cerebral. Y claro, eso exige un mayor gasto energético que se traduce en mayor cansancio.

Aunque, curiosamente, tal desinterés -cansancio- se atenúa, qué casualidad, cuando el tema de conversación versa sobre deportes o sexo o cuando están con sus amigotes. Aunque no crean, que solo les aguantan quince minutos.

Del mismo modo, el estudio, revela que el déficit de atención masculino hacia su alrededor decae cuando están entretenidos viendo la tele o enfrascados en su ordenador -en cualquiera de las versiones que prefiera: móvil, tablet, portátil o de mesa-. Vamos, que en esos momentos solo piensan en lo que tienen enfrente y sus ojos solo son capaces de concentrarse en el aparatito que destella luz.

La explicación ante este comportamiento no hay que buscarla, en esta ocasión, en argumentos científicos, sino sociales.

Laura Castillo Casi, enfermera y periodista 

 

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