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Los amantes de las acrobacias sexuales conocen bien que, además del salto del tigre, determinadas contorsiones no están exentas de peligros. En alguna ocasión ya hemos comentado desde estas páginas que la espalda es la principal perjudicada cuando dejamos de lado el misionero para adentrarnos en las procelosas lecturas del Kamasutra.

Los varones, inconscientes ellos, se afanan en demostrar su versatilidad a la hora de la conyunta, pero al mismo tiempo viven atormentados ante la remota y dolorosa posibilidad de que se acabe rompiendo su instrumento del amor durante el arrebato de pasión.

Y no crean que es tan remota esa posibilidad… que suceder, sucede y los hospitales cuentan con un buen número de historias médicas de intervenciones ante roturas de pene. Y no siendo raro este fenómeno, lo curioso es que sucede en una de las posturas más comunes a la hora de practicar el coito: él tumbado y ella sentada a horcajadas. Una postura bastante habitual en las relaciones de pareja y que se apunta como una de las de alto riesgo. Seguro que rápidamente encuentran la lógica de los accidentes que se registran.

En esta postura, el peso de la mujer cae a plomo sobre el pene erecto. Y ante un movimiento extraño –vamos, que se salga del sitio-, no resulta fácil reaccionar y la envestida con todo el peso del amor provoca la ruptura. De hecho, según un estudio, esta postura es la responsable de la mitad de las roturas de pene que se producen durante el sexo. Los científicos, ante la imposibilidad de dar otra solución, se limitan a recomendar a la población masculina que, ante el temor, lo mejor es cambiar de posición, y apuestan por aquellas donde le hombre ejerza el control de los movimientos.

Es decir, que si retornamos al recurrente misionero o jugamos a la del perrito, se minimiza el riesgo de sufrir una lesión que, en su versión más grave, es acabar con el pene quebrado.

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