hambre decisiones

Foto de Riccardo Cuppini

El hambre agudiza el ingenio, pero parece que no resulta el mejor aliado para tomar decisiones ya que esa sensación, la del cuerpo reclamando su dosis diaria de gasolina, afecta y altera nuestro estado de ánimo y eso puede conducir a que nos equivoquemos o adoptemos el camino de asumir más riesgo a la hora de ejecutar una acción.

Y como muestra un botón. Una investigación publicada en Nature concluye que los jueces norteamericanos dictan sentencias más duras cuando están hambrientos que cuando tienen el estómago lleno. Pero no sólo el de los jueces es el colectivo de riesgo -aunque para riesgo, el que corre el acusado-, sino que los cambios de humor afectan a todos los profesionales por igual. 

De hecho, un estudio apunta a que las personas que cuentan con unos niveles más altos de ghrelina acilada (la hormona del apetito) son propensos a tomar decisiones financieras más arriesgadas que las que tienen unos niveles más bajos.

Es más, diríamos que no es un comportamiento exclusivo de nuestra especie. Se ha observado que, acuciados por el hambre, los animales también cambian de carácter y asumen mucho más riesgo. Por ejemplo, los depredadores se vuelven más atrevidos a la hora de cobrar una pieza, como puso de manifiesto esta investigación realizada en el Instituto Max Planck.

Pero volvamos al hambre. Se trata de una sensación que experimentamos cuando el nivel de glucosa del hígado cae por debajo de un cierto límite. La sensación, a menudo poco placentera, se origina en el hipotálamo y se dispara por receptores del hígado. La sensación de tener hambre puede comenzar a las pocas horas de haber realizado la última comida.

La glucosa juega un papel fundamental en esa sensación de hambre, como también una hormona, la ghrelina; aunque esta última no es la que provoca los cambios de humor. Esta alteración del carácter se debe básicamente al cambio en el funcionamientos de las hormonas que provoca esa carencia.

Unos cambios hormonales que aceleran el funcionamiento de unas e inhiben el de otras y que, entre otras consecuencias, nos nublan el entendimiento, y por ello seamos propensos a tomar decisiones que resultan poco habituales en nosotros.

En cualquier caso, de lo que se trata es de ser conscientes de esta consecuencia para poner freno a esos impulsos irracionales -además de comer- que podemos ejecutar cuando el hambre nos acucie.

Y ya sabe, si hay que ir a un juicio, mejor a primera hora de la mañana.

Anuncios