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Nada tan liviano como una nube… Las vemos allá lejos surcando el cielo con multitud de formas e inconscientemente asociamos la idea de que son etéreas. Pero nada más lejos de la realidad. Las nubes son cuerpos sólidos que pesan lo suyo. Aun así, flotan y navegan por el aire. Pero si lo piensan, tampoco tiene tanto de extraño. Los pájaros, por mor de la evolución, y los aviones, por la inventiva humana, también lo hacen. Y a nadie se le ocurre decir que un avión es algo ligero, ¿verdad?

Para calcular su peso, hay que saber cuál es su densidad y su tamaño. Pero no se me apuren, que no les vamos a poner a trabajar. Para eso están los científicos, como Peggy LeMone. Así que tiremos de sus estudios para afirmar que un cúmulo, la nube gordiflona que porta la lluvia, tiene una densidad media de un gramo por metro cúbico. Y teniendo en cuenta que el promedio de cada cúmulo suele ser de un kilómetro de largo y más o menos lo mismo de alto, el  promedio resultante de su volumen sería de unos mil millones de metros cúbicos.  

Sabiendo la densidad y el volumen, el resto es aplicar la formula y la resultante es que pesa unas 500 toneladas. Como para tenerlo en cuenta. Entonces, ¿por qué no se desploman? Pues por algo tan sencillo como que distribuyen su peso a lo largo de una gran superficie.

El agua que contienen las nubes, que en definitiva es lo que les otorga el peso, está distribuida a lo largo de su extensión en forma de microgotas de agua o de cristales de hielo que no forman una superficie compacta -es decir, que no ejercen una presión conjunta sino individual, gota a gota-. Cuando esto ocurre, lo que pasa es que llueve. Afortunademente, porque que nos cayera a plomo ese peso de una sola vez sería para echarse a temblar.

Pero volvamos al relato. Eso es lo que pesa una sola nubecilla, así que imagine cuál puede ser el peso de un huracán o el de las mismas nubes cuando se tornan oscuras amenazando tormenta.

Así que, vistas la cosas, y en función de cómo tratamos a la Naturaleza los humanos, casi que va a tener razón el jefe de la tribu de Asterix cuando decía que a lo único que hay que temer es a que se nos caiga el cielo sobre nuestras cabezas.

Yo, por si acaso, cuando me cobije en la sombra que dan las nubes empezaré a tomarme muy en serio que, sobre mi cabeza, esa sombra esconde 500 toneladas de agua… como mínimo.

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