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Afortunadamente, ya han acabado las rebajas, esos momentos de compras compulsivas por aquello de las gangas y que acaban de complicarnos, y de qué manera, la cuesta de enero. Por ello nos atrevemos a darnos una vuelta por los grandes almacenes y hacerles una serie de recomendaciones, sobre todo si visitan el supermercado o la sección de alimentos y están a dieta.

Dos variables, por cierto -tener poca liquidez en el bolsillo e intentar adelgazar- bastante comunes en el mes de febrero. No hace mucho poníamos a la ghrelina, una hormona, en el punto de mira de una investigación sobre los cambios de humor que tenemos cuando pasamos hambre. Al fin y al cabo, es la hormona responsable de que tengamos ganas de comer.

Entonces no resulta difícil deducir que si el hambre influye en nuestras decisiones, los niveles de ghrelina también influirán a la hora de comprar. O dicho de otra manera, ¿es recomendable acudir al súper cuando nos ruge el estómago?

La ghrelina es una hormona sintetizada fundamentalmente por el estómago y que estimula la secreción de la hormona del crecimiento y favorece la regulación del metabolismo energético. Básicamente, modula la actividad de las zonas del cerebro que controlan la sensación de hambre.

En función de los niveles de ghrelina, reaccionamos de manera diferente ante la visión de comida. Si son altos -tenemos hambre-, la atención, la anticipación del placer que supone que vamos a comer pronto, la memoria… se ponen en funcionamiento y eso nos afecta en las decisiones.

Un estudio realizado hace unos años demostró no solo que nos volvemos más compulsivos a la hora de comprar, sino que todo lo que nos rodea -que sea comida- se vuelve mucho más apetitoso. Curiosamente, la investigación desveló que el cerebro se activaba de manera más fuerte cuando las imágenes de la comida se vuelven más nítidas. Eso ocurre porque se ha activado el recuerdo de que esa comida nos va a provocar placer.

Una demostración empírica de la que tenemos que extraer dos conclusiones: la primera, por obvia no es menor, es que no hay que ir al súper cuando tenemos hambre; es mejor hacerlo con el estómago lleno, ya que compraremos menos y mejor. Y la segunda, que si tenemos hambre, lo mejor es ponernos a cocinar.

La visión de la comida anticipa que vamos a saciar nuestro apetito y, paulatinamente, irá bajando los niveles de ghrelina y, con ello, el hambre. Eso sí, pongámonos a cocinar pero algo sano, porque si nos decantamos por la comida basura, adiós a la dieta.

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