lapa

Eres más duro que el diamante o más resistente que la tela de araña son dos frases habituales para subrayar que la Naturaleza nos obsequia, sin necesidad de acudir al laboratorio, con materiales que posteriormente podemos utilizar para mil y una actividades. De sobra son conocidos los usos del filo del diamante como piedra para tallar o que los nuevos chalecos antibalas se construyen imitando los modos de tejer de las pacientes arañas.

Pues a partir de ya, incorporen a esta lista los dientes de un molusco: la lapa. Una reciente investigación llevada a cabo en Gran Bretaña ha probado que estos animalitos están provistos con la dentadura más perfecta, que se conozca hasta ahora, de las especies del reino animal. Y no solo por su disposición, sino por estar compuesta por el material biológico más resistente. Es tan fuerte que superan al de las telarañas, a las que han desplazado al segundo lugar en el ránking.

Los resultados de la investigación, publicados por la Royal Society y de la que se ha hecho eco Science, han podido demostrar que las lapas utilizan su dentadura para rascar el alimento de las rocas y estos dientes cuentan con una estructura tan resistente que son capaces de arrancar pequeños restos rocosos. Tras analizar su dentadura, comprobaron que los dientes están compuesto por un material mineral formado por óxido de hierro denominado goetita.

Lógicamente, los científicos han analizado su estructura y ya han sacado una primera conclusión: “Están hechos -los dientes- de fibras pequeñitas que están puestas de una manera particular, y deberíamos pensar acerca de hacer nuestras propias estructuras siguiendo el mismo diseño” molecular. O dicho de otro modo, estamos ante una nueva estructura, tanto por el mineral compuesto como por la forma que adopta para su desarrollo, que nos ofrece un diseño apto para copiar o trasladar a los ingenios que construimos los humanos.

En concreto, ya apuntan como un diseño de éxito futuro para sectores como el de la aviación, el automovilístico o el naval.

Lo dicho, en lugar de pensar tanto entre las frías paredes de un laboratorio, a todos, incluidos los científicos, nos viene bien salir a la calle a que nos dé el aire y observar con detenimiento todo lo que nos rodea. Porque… ¿para qué inventar algo si miles de años de evolución nos lo sirve en bandeja?

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