Peninsula de Gran Bretaña

Somos una especie viajera, sin duda. Desde que aquella Lucy bajó de los árboles en los albores del género humano, las migraciones son una constante en el Homo sapiens. Unos largos paseos, seguidos de asentamientos, en una aventura de colonización y mestizaje que ha dado lugar a las razas que actualmente pueblan el planeta.

Pero un día nos cansamos de andar buscando nuevos predios y comenzó un giro trascendental para nuestro desarrollo: el paso de cazadores recolectores a productores. Con el desarrollo agrícola, comenzó nuestro verdadero progreso y este, nos guste más o menos, vino también de la mano del comercio, del intercambio de bienes.

Pero no se trata hoy de hablar del mercado, sino de los asentamientos y del trasiego de la población y de la morfología de la Tierra hace miles de años. 

Analizando el ADN del trigo en las profundidades del Canal de la Mancha, el que separa la isla del continente, investigadores han descubierto que esos granos encontrados procedían de fuera de la isla y que, probablemente, fueran trasladados en una de tantas migraciones de humanos o, mejor dicho, fruto de una actividad comercial entre los pobladores entre ambas zonas. Una deducción lógica, si tenemos en cuenta que los arqueólogos británicos datan el comienzo de la agricultura en las islas bastante después de la fecha de sedimento de esos granos.

Y aquí viene lo curioso de la investigación. Hablamos del Neolítico, cuando el ser humano no contaba con una gran tecnología en materia de transporte marítimo. Por eso, los investigadores suponen que por aquel entonces existía una conexión terrestre entre Gran Bretaña y Francia.

Por ello, y por una exploración minuciosa de los fondos marinos, que ha revelado que en el subsuelo no solo existen restos de trigo excepcionalmente bien conservados, también hay restos y sedimentos de otras plantas que sugieren que esa zona estaba poblada por robles, álamos y manzanos. Además, han aparecido restos fósiles de animales terrestres, como perros, ciervos  o bisontes.

Aunque se trata de una investigación preliminar sobre la que todavía existe una cierta controversía, parece que las islas no lo eran por aquellos tiempos, sino más bien una península unida por un pequeño corredor con Francia, lo que permitió o ayudó a los posteriores asentamientos humanos o, cuando menos, a que los primitivos británicos tuvieran relaciones comerciales -y de todo tipo- con sus vecinos franceses.

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