gases

Foto de Maurits Vermeulen.

Ustedes perdonen pero hoy nos toca ponernos escatológicos, aunque es por una buena causa, créannos. Parecer flatulencias, o si lo prefieren gases, es algo más que molesto. Y no solo por las huellas del delito, también por lo antiestético que resulta parecerse a un balón de fútbol. Pero no se escondan, que de eso no nos escapamos ninguno…

Los gases no dejan de ser un mal menor de la digestión. O si lo prefieren en lenguaje más técnico, es un subproducto del metabolismo de los microorganismos intestinales que intervienen en el proceso. Y en función de cada bichito, el resultado es un tipo de gas diferente. Por ejemplo, las bacterias reductoras de sulfato producen sulfuro de hidrógeno -responsable de ese olor tan característico a huevos podridos- mientras que las arqueas metanogénicas producen metano -que resulta inodoro-.

Pues bien, un grupo de científicos se ha propuesto probar que, en función de los gases que producen nuestras tripas, podremos prevenir en un futuro no demasiado lejano la aparición de enfermedades gastrointestinales, como el colón irritable o el cáncer.

Es decir, los gases que se alojan en nuestros intestinos se pueden convertir en un importante biomarcador. Su medición precisa puede desvelar la contribución de la microbiota en el estado de salud gastrointestinal.

Aunque estamos en un primer paso, ya que para determinar su función es preciso desarrollar unos mecanismos precisos de medición para conocer, por el tipo de gases que se emiten, cuál es la naturaleza de las bacterias que se alojan en nuestros intestinos. De momento, los investigadores proponen dos tipos de sensores: sistemas de fermentación in vitro y dispositivos electrónicos con forma de píldora tragable.

Vamos, que al final, las flatulencias pueden acabar resultando útiles.

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