lechuga

El mundo de la nutrición nos anima poco a poco a adoptar pautas de conducta alimentaria que no solo alargan nuestra vida, si no que también mejoran la calidad de esta. Lo de los gustos y el paladar lo dejamos para los sibaritas, aunque está demostrado que esta cuestión también depende de cómo eduquemos a nuestros sentidos.

Así, de pasada, vamos a darnos una vuelta por las crudités, esas verduras que se consumen frescas sin necesidad de pasarlas por los fogones. Y dentro de ellas, parada y fonda en la lechuga. Ahora que la calor parece que pretende instalarse entre nosotros, es un buen momento para insistir en que su ingesta nos proporcionará una buena dosis de antioxidantes.

Eso quiere decir que provee a nuestro organismo de una buena cantidad de material que protege a las células; o sea, que la lechuga alarga nuestra vida microscópica y, por lo tanto, nos ayuda a evitar enfermar. Comer lechuga representa un buen antídoto para frenar a los radicales libres.

Los radicales libres, a pesar de que su nombre suene bien, son bastantes perjudiciales para nuestro cuerpo. En el mejor de los casos, acortan la vida de las células; es decir, son los responsables genéricamente del envejecimiento. Pues bien, la lechuga es rica en antioxidantes, ya que contiene compuestos como ácidos fenólicos, flavonoides, antocianinas o vitaminas A y C, entre otros.

Así que al súper a comprar verde. Pero, ¿son todos los tipo de lechuga iguales? Desde luego, a simple vista, no. Si nos detenemos en los anaqueles donde las colocan, comprobaremos que la variedad de lechugas es amplia, no solo en la forma, sino también en el color. Las hay verdes, semirojizas o más bien rojizas del todo (las hojas).

Entonces, en esa cura antirradicales, valen todas. La respuesta es que unas mejor que otras: una reciente investigación publicada en el Journal of Agricultural and Food Chemistry refleja que el colorido de las hojas tiene una relación directa con los efectos de los antioxidantes.

Así, las verdes tienen unos efectos, digamos de velocidad lenta, mientras que las rojas son de un efecto más rápido. La ciencia determinó hace tiempo que la velocidad a la que actúan estos componentes antirradicales puede ser importante, aunque no decisiva.

Por ello, los autores del estudio subrayan que “el hecho de que haya compuestos que actúan a diferentes ritmos no quiere decir que unos sean mejores o peores que otros”, pero destacan que es  “importante que nuestro organismo adquiera alimentos con antioxidantes de cinética más lenta, para que éstos sigan actuando a lo largo de un tiempo más prolongado. Por eso es muy interesante mezclar diferentes tipos de lechuga, porque tienen características diferentes y complementarias”, recomiendan.

A partir de lo contado, que cada cual se decida por una variedad u otra o por una mezcla de todas. Lo importante es no olvidar introducir en nuestra dieta algo tan saludable como una ensalada a base de lechuga.

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