placer

Una parte de los que se ‘aburren’ de las prácticas sexuales digamos que habituales se adentran en el territorio sado buscando nuevas experiencias o simplemente experimentando nuevas fórmulas que incrementen el placer cuando se llega al orgasmo.

Y entre ellas destaca la denominada asfixia erótica, que no es otra cosa que limitar la entrada de oxígeno al cuerpo –la anoxia– hasta casi perder el conocimiento mientras se practica sexo (ya sea en soledad, en pareja o en grupo).

Más allá del fetiche que supone el colocarse argollas o collares alrededor del cuello más o menos apretadas que impidan la normal respiración o esas continuas imágenes que invaden las pelis eróticas donde él o ella sujetan firmemente a su pareja por el cuello ejerciendo presión mientras realizan ‘el acto’, la autoafixia erótica está documentada en rituales sexuales desde hace más de cuatro siglos y técnicamente se denomina ‘hipoxifilia’.

Y lo primero que hay que decir es que cuidado, que esta técnica puede ser mortal y representa la primera causa de muerte por practicar ‘sexo de riesgo’. Curiosamente, las víctimas son mayoritariamente del género masculino. Lo segundo, abundando en el tópico, es que su práctica deriva de la observación de las ejecuciones, alguno de los condenados a la horca desarrollaban una erección, que duraba a veces incluso después de la muerte e incluso llegaban a eyacular después de muerto.

Y a partir de ahí, poco o ningún fundamento científico, salvo que la falta de oxígeno en la corteza cerebral provoca una pérdida de lucidez similar al efecto de algunas drogas. En los años 50, el neurofisiólogo James Olds realizó unos experimentos con ratas, en los que se les implantaba un electrodo en ciertos lugares del cerebro. Tras la implantación, cuando el animal estaba recuperado, se conectaba este electrodo a una palanca, de manera que cuando la rata pulsaba la palanca recibía una pequeña corriente eléctrica en el cerebro.

Se observó que cuando el electrodo estaba colocado en determinados lugares, la rata pulsaba la palanca continuamente, hasta incluso dejaba de comer para seguir pulsándola. Entonces se pensó que la estimulación en estos lugares producía placer muy intenso. Pero años después se ha comprobado que la estimulación no produce placer, sino que tiende a reforzar el comportamiento que se estaba produciendo en ese momento, y por eso las ratas repiten el movimiento una y otra vez sin que obtenga la recompensa de la comida.

Así que hay que buscarle una explicación de la mano de los psicólogos y la sensación de deseo o de placer sexual que se provoca cuando aumenta la excitación física y el estrés.

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