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El desarrollo de la informática y de las redes sociales ha revolucionado el mundo. No se trata solo de que estas herramientas hayan cambiado nuestras pautas de comportamiento, que también, y si no prueben a vivir un día sin su móvil, su tablet o su portátil y comprueben cuan desnudos se sienten, sino que también están modificando nuestra manera de interactuar.

En general, los saltos ‘evolutivos’ son mejores, pero también provocan inconvenientes, porque en general adaptarnos a un nuevo mundo con nuevos códigos exige un esfuerzo. Y en ese esfuerzo nos vamos a detener un momento. Las redes sociales han supuesto una auténtica revolución en el mundo del conocimiento.

Son un vehículo excepcional para el intercambio de ideas y de hechos -más allá incluso del hecho de ampliar nuestro número de relaciones- y han creado la figura del amigo virtual… y en general de un universo paralelo virtual entre el que nos dividimos. Abrimos nuestra vida a través de la pantalla que, a la postre, también resulta una ventana a la cual cualquiera pueda asomarse.

Y en ese mundo de algoritmos, ha surgido con fuerza la figura del troll: ese intruso que invade nuestro mundo y que no solo amenaza nuestra armonía, sino que incluso puede llegar a expulsarnos de un paraíso de tranquilidad o de amistad que hemos llegado a construir con esfuerzo y dedicación. Es decir, el troll es un intruso que con su tesón se ha convertido en un auténtico problema… y que ha conseguido llamar la atención incluso de los científicos.

Un estudio realizado en una afamada universidad se ha propuesto analizar al troll para, como si de cualquier virus o bacteria se tratase, intentar erradicarlo. De entrada se propuso sacar un patrón común, para a través de él encontrar una ‘vacuna’ para ‘inmunizarnos’ contra él.

La principal conclusión obtenida tras el estudio pormenorizado de 40 millones de mensajes en casi dos millones de usurarios, y también la más importante, es que se crece ante el castigo, y que cuanto más caso le hagas con más virulencia se muestra. Es decir, que cuantos más comentarios y más tiempo dediques a rebatir sus argumentos o, simplemente, a contestarle en el mismo modo que él te hace, más se excita y redobla su actividad. Es decir, se vuelve hiperactivo.

Así que, en lugar de dedicarle aunque sea solo un minuto de su tiempo, ya sea a contestarle, a eliminarle o a declararle ‘persona non grata’ en sus respectivos muros, los científicos aconsejan como mejor antídoto ante un indeseable troll aplicar la vieja fórmula de la indiferencia. En ese contexto, el troll pierde interés y acabará por abandonar su ‘sitio’ para encontrar nuevos lares donde molestar y ser tenido en cuenta.

Ya sabe, el mejor desprecio es no hacer aprecio.

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