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Ya sabemos que la inteligencia y coeficiente intelectual (CI) no resultan exactamente sinónimos, al menos si tomamos como referencia el éxito o el reconocimiento alcanzados por utilizar esa capacidad de más a la hora de desarrollarnos como seres humanos. De hecho, los llamados superdotados no siempre acaban trabajando en áreas donde pueden utilizar en toda su amplitud su mejor coeficiente.

Existen demasiados estudios y preocupación en la comunidad escolar que muestran que, a la postre, esos niños mejor dotados, si no cuentan con la atención adecuada, fracasan en sus estudios porque no se adaptan a la ‘medianía’ reinante en las aulas, se aburren y acaban por aislarse.

Del mismo modo, tener un CI más alto, atendiendo a las estadísticas al uso, no supone estar dotados con mejores herramientas para no caer en ‘las tentaciones’ del común de los mortales; es decir, que la tasa de alcoholismo, caída en el mundo de las drogas o incluso de divorcios no difiere en función del CI.

Más bien al contrario, la inteligencia -tener un punto por encima de la media- resulta un factor de angustia añadido, ya que nos añade un grado de preocupación más alto por todo lo que nos rodea. “Mientras que la mayor parte de nosotros no sufrimos demasiado de angustia existencial, la gente más inteligente se preocupa más por la condición humana o se angustia con la estupidez de los demás. Es decir, que sufren mayores niveles de ansiedad”, explican los psicólogos.

Además, esa mayor racionalidad a la hora de tomar decisiones pueden suponer un freno a la inhibición de los instintos -nuestras decisiones más primarias- y hacen que se equivoquen más a la hora de tomar decisiones comunes. Y eso radica en su mayor complejidad a la hora de razonar y de decidir, lo que les hace más vulnerables.

De hecho, la inteligencia puede convertirse en un argumento en contra de lo que popularmente se entiende como sabiduría, Igor Grossman, psicólogo de la Universidad de Waterloo en Canadá, apunta que la satisfacción de la vida, la mejor calidad  en las relaciones humanas, una existencia con bajos niveles de ansiedad  presenta ciertas incompatibilidades con la inteligencia: “La gente muy inteligente suele generar, muy rápidamente, argumentos apoyando sus razonamientos, pero suelen hacerlo de una forma muy parcial” y eso hace aumentar su nivel de equivocación a la hora de tomar decisiones.

Sin duda, son argumentos para la controversia y que muestran que aunque la evolución es siempre el resultado del triunfo de los más adaptados, no siempre la inteligencia es un arma para adaptarnos mejor al mundo que nos ha tocado vivir… Y que inteligencia y felicidad es un binomio más que complicado.

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