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Foto de Carolina Valtuille.

A diferencia de los animales sociales, donde se marcan los roles entre los individuos de la camada y se organizan en torno a esas jerarquías -ya saben eso de los alfas y los betas- los humanos gustamos de ser retorcidos a la hora de enmarcar nuestras relaciones sociales.

Así, ante la aparición de un líder, brota de manera espontánea una legión de aduladores y pelotas. Ya saben, “yo no soy pelota, es que mi jefe me necesita”. O mejor dicho, existe una tendencia aceptada de que un líder tiene necesariamente un componente narcisista que hay que satisfacer, y de ahí, el nacimiento del ‘pelota’ o ‘tiralevitas’.

Ahora bien, ese comportamiento ante el superior no tiene por qué ser necesariamente correspondido. O si lo prefieren con otras palabras, nos tiramos a la piscina del peloteo sin saber si realmente esas muestras de adulación son debidamente agradecidas.

Y de hecho, a tenor de un estudio realizado en Norteamérica, parece que lo que pasa por la mente de nuestro superior cuando le adulamos es que concluye que pertenecemos a una tipología de seres que destinan mucho tiempo a una ocupación poco productiva; es decir, que somos poco trabajadores -lógicamente, hacer la pelota requiere de un tiempo- y muy dados a perder el tiempo.

En cambio, los antisociales son percibidos como trabajadores más eficaces, que se concentran en su trabajo y no en otras cosas y son por lo tanto más rentables. Tanto es así que el estudio muestra que los pelotas pueden llegar a ganar hasta un 18% menos.

Además, los jefes piensan que no es necesario tener contentos a los serviles y tienen menor consideración y respeto por ellos. En cambio, los del bando contrario son vistos con mayores muestra de respeto y se les considera sujetos que resultan más sinceros.

Sin duda, argumentos de peso para pensárselo dos veces antes de lanzarse al camino del halago y del peloteo.

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