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Foto de Chris Maris

Con frecuencia llamamos despistados a aquellas personas que son incapaces de recordar el nombre de las personas. Y ciertamente, eso, lo de olvidar el nombre de la gente, es algo bastante más habitual de lo que nos creemos, sobre todo cuando de golpe nos presentan a un grupo de personas. Del mismo modo, es frecuente ver un rostro y resultarnos familiar, pero somos incapaces de ponerle nombre a la cara, lo que en multitud de ocasiones nos provoca situaciones embarazosas.

Y eso tiene que ver, lógicamente, con nuestro cerebro y con las actividades de reconocimiento a las que estamos programados. Hay que tener en cuenta que nuestra memoria tiene dos componentes básicos, la capacidad de asociar -personas o cosas- y su capacidad visual; es decir, que actúa en este caso, vinculando los rostros a determinados elementos.

Cuando se produce esta conexión, el archivo está perfectamente guardado en nuestra memoria… Pero si no existe esa conexión, es relativamente fácil que olvidemos el nombre. Digamos que el nombre es algo abstracto y resulta algo más complicado fijarlo en nuestro ‘disco duro’. En cambio, si asociamos el rostro de esa persona a una información vinculante, la conexión -el recuerdo- será más duradero.

Este fenómeno nos obliga a intentar -si no queremos olvidar ese rostro- a algún elemento de referencia. Por ejemplo, asociando el nombre a su profesión o a un rasgo característico de su rostro -Juan el del lunar o Paloma la doctora-. Un ‘truco’ que resulta bastante apropiado para las reuniones sociales, donde es habitual que nos presenten a gente.

Al fin y al cabo, la ‘memoria ram’ de ese prodigioso ordenador orgánico que es nuestro cerebro tiene sus limitaciones, y a pesar del chiste, es cierto que no estamos programados para realizar muchas actividades a la vez. Y nos explicamos. Cuando practicamos ese arte llamado ‘relaciones públicas’, nuestra mente esta más concentrada en seguir las conversaciones -hay que procesar toda esa información que nos llega y activar los mecanismos de respuesta- que en memorizar el nombre del interlocutor al que acabamos de conocer.

Es decir, no somos capaces de llegar a todo. Es una limitación de nuestra memoria a corto, que luego requiere procesar y mandarla al disco de la memoria a largo plazo.

Entonces ya sabe, si nos interesa almacenar el nombre de esa persona, lo mejor es restarle un poco de tiempo a la conversación y escudriñar bien a nuestro interlocutor, sacar un elemento que podamos vincular y procesarlo adecuadamente. Así no se le olvidará su nombre.

Aunque tampoco le dé mayor importancia al asunto, que si no buscamos de manera automática esa información vinculante, seguramente se deba a que no le interesa mucho retener ese nombre. Que no todo lo que nos ocurre en el día a día es significativo.

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