dieta-mitomania

Ilustración de Eugenia Loli.

En una sociedad tan icónica y mitómana como la que estamos construyendo, resulta difícil escapar del poder de seducción de determinadas personas. Algunos parecieran haber hecho un pacto con el diablo para no envejecer, lo que a muchos les llevar a seguir ciegamente todos sus ‘aparentes’ secretos que les hacen gozar de una eterna juventud.

Y claro está, eso se traduce en copiar miméticamente sus hábitos de vida con la esperanza de que siguiendo al líder acabaremos luciendo un ‘look’ tan impresionante como con el que teóricamente nos sorprenden cuando, en el mayoría de las veces bajo pago, nos desvelan sus secretos de belleza. 

Claro que nos muestran solo la cara que nos quieren vender y nos ocultan otros pequeños secretos -sean en forma de cirugía, de cosmética o simplemente de Photoshop- que en el fondo son el grueso de ‘la buena imagen’ que proyectan. Y sobre todo, casi nunca se presentan ante nosotros con la ‘cara recien lavada’ o de su despertar sin aditamentos.

Pero eso forma la parte de la mentira que ofrece la industria de la imagen. El problema radica cuando nos presentan como fuente de su ‘complejo de Peter Pan’ determinados brebajes que, a la postre, resultan más ‘desequilibrantes’ que saludables. Es la enorme colección de las patrañas dietéticas.

Ahora se han puesto de moda determinados batidos de verduras, los ‘smoothies’, como el complemento ideal de aporte energético matutino, lo que está escandalizando a numerosos nutricionistas. Ya sea en forma de inaceptables mezclas que hieren el paladar más normal, o de dietas como la del limón, que nos aseguran -dicen- un plus de salud.

Para los bienintencionados crédulos, les recomendamos leer un libro publicado por Timothy Caulfield titulado, ‘Is Gwyneth Paltrow Wrong About Everything?’ (¿Está Gwyneth Paltrow equivocada en todo?, Penguin, 2015), donde desmonta muchos de estos mitos que no hacen otra cosa que alimentar una industria en alza y que, a la larga, puede provocar graves desequilibrios en nosotros.

En este sentido, lo primero que hay que aclarar es que nuestro organismo está especializado -por genética- para depurarse de toxinas, así que cuidado con abusar de esos consejos de depuración cambiando los hábitos alimenticios saludables, como por ejemplo comer alimentos sin gluten sin ser celíacos, rejuvenecer a base de veneno de abeja o castigarnos con la dieta de limón o la famosa dieta Dunkan. A la larga, el remedio puede ser peor que la enfermedad.

La maquinaria del ser humano está diseñada para funcionar de un determinado modo y requiere, por tanto, un tipo de gasolina determinado para funcionar. Y eso está descrito desde hace muchos años en la pirámide de alimentos precisos que necesitamos, en cantidad y calidad. Y esa cantidad y calidad, a su vez, está condicionada por mantener un determinado nivel de actividad física necesaria (estamos diseñados para movernos y no para vivir pegados a una silla enfrente de un ordenador o de un sofá junto a la televisión).

Luego interviene la genética -no todos somos iguales- y en función de esa lotería seremos más o menos inmunes a padecer determinados males.

Lo demás forma parte de la familia de los ungüentos curalotodo que vendían los feriantes a mediados del siglo XIX.

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