mangosta

Una de las claves de la supervivencia es saber elegir al compañero o la compañera. Una buena elección es la que, en términos estrictamente biológicos, nos permitirá no solo el objetivo de perpetuar la especie, sino hacerlo con los mejores.

Ahora bien, la cosa se complica cuando nos enfrentamos al hecho de animales que viven en comunidad. Ese círculo cerrado puede llevarnos a la endogamia, y ya sabemos que uno de los grandes peligros de la supervivencia de las especies precisamente se esconden tras esta palabra -y si no, basta con ver cómo acaban los árboles genealógicos de muchas dinastías y casas reales-.

Y los animales, no siempre, son capaces cuando ‘aprieta el celo’ en distinguir entre parientes y no parientes a la hora de la coyunta. Pero aun así, no dejan de sorprendernos. Un grupo de investigadores británicos ha comprobado que las hembras de una especie de mangosta africana son capaces de arriesgar su vida para aparearse con machos de grupos rivales.

De hecho, han comprobado que tienen un especial cuidado en discriminar a los parientes con los que conviven. Pero vayamos al principio. Las mangostas son animales que viven en comunidades y lo normal es que pasen toda su vida rodeados de familiares.

Son poblados estables que entran en competición -guerra- con otros grupos de la misma especie disputándose el territorio. Unas peleas que diezman de manera notable a estos grupos (las disputas representan el 20% de la causa de la muerte de sus crías y del 12% de los adultos).

Lo curioso es que han descubierto que en esos periodos de rivalidad, las hembras aprovechan para ‘escaparse’ y mantener un flirteo con los rivales: el 18% de las crías de mangostas salvajes fueron engendradas por machos de grupos rivales.

Ahora falta por saber qué tipos de mecanismos operan en las hembras para adoptar estas arriesgadas decisiones. Pero no será tarea fácil. A estas conclusiones han llegado después de 20 años de trabajo de campo y recogida de datos.

Nadie dijo que la investigación científica fuera sencilla.

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